EL ANUNCIO de la campaña electoral nos trajo una noticia sorprendente: Bruselas nos transmite, por boca del conselleiro de Economía, que para nuestro desarrollo hay que invertir menos en infraestructuras y más en conocimiento. ¿Cómo es posible si hasta ahora el futuro parecía que dependía casi exclusivamente de las infraestructuras, aunque no siempre fueran prioritarias? ¿No decíamos que sin las infraestructuras el desarrollo de Galicia estaba hipotecado? ¿No decían que el crecimiento del PIB dependía de la inversión en obra pública, y que la construcción era el motor del desarrollo? Eso es lo que muchos desde hace años vienen anunciando. Pero ahora Bruselas nos recuerda lo que otros, desde hace mucho tiempo también, veníamos pensando, diciendo, y escribiendo. Un tema que desde los años noventa forma parte del núcleo de los modelos de desarrollo basados en la competitividad, en la calidad y en la innovación. La teoría de la innovación como factor clave del desarrollo es ya de los años setenta, y autores como Hägerstrand ya se ocuparon entonces de estudiar los mecanismos de difusión de las innovaciones en las regiones periféricas. Claro que la innovación y el conocimiento están asociados a cosas intangibles, como la organización, la cooperación, el capital social, la investigación, la invención, la adopción o imitación de innovaciones, la apertura al mundo y al conocimiento. Aquí, después de tantos años, aún seguíamos con el discurso del ladrillo. Lo malo es que hacer carreteras es relativamente rápido, pero generar conocimiento requiere más tiempo, casi nunca se ve a corto plazo, y pocas veces hay otra cosa que inagurar que los resultados, pero éstos suelen llegar más tarde. Quizás por eso, a los políticos el ladrillo les resulte más atractivo, pero al país es el potencial de su masa gris lo que realmente le importa. De todos modos, no es nada nuevo. La Comisión Europea, desde hace quince años, viene llamando la atención a la mayoría de las regiones europeas porque se dedicaba una proporción excesiva a las infraestructuras. Es cierto también que la falta de eco se atribuía a los déficits acumulados y a la necesidad de modernización de los sistemas de transporte. Pero ahora, muchas veces, tales inversiones parecen ya excesivas. Además, sabemos que su construcción no garantiza el desarrollo territorial, el paso de una sociedad pasiva a otra emprendedora, la generación de iniciativas o ideas innovadoras, o el aumento de las ventajas comparativas, pero facilitan los tiempos de desplazamiento. Claro que si el medio rural se despuebla, la industrialización crece en las ciudades, la producción agraria, forestal o ganadera no acaba de avanzar y el turismo es básicamente litoral y urbano; claro que si los jóvenes emigran, los viejos quieren o tienen que irse a las residencias, y las inversiones extranjeras apenas llegan, y si lo hacen se quedan en las áreas metropolitanas; claro que si esto es así, y si tampoco los turistas rurales quieren estar al lado de las grandes infraestructuras, ni los peregrinos, ni los que buscan la paz y la armonía de la naturaleza, entonces, ¿qué hemos de pensar? Difícil dilema. Las infraestructuras son necesarias, pero no bastan: el conocimiento es imprescindible pero tarda en llegar, y la población no crece adecuadamente, ni tampoco los jóvenes emprendedores se multiplican. Entonces, ¿por dónde hemos de caminar? Cada uno deberá tener su propia respuesta, pero lo que ahora nos debe importar son las respuestas que nos den los candidatos a dirigir la Galicia de mañana.