Cónclave y confesión

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

LAS ELECCIONES son escenarios donde la ensoñación utópica puede hacerse pragmática y el conservadurismo plantearse como revolución. Son las experiencias de un argumento que consiste en presentar las ideas como si fueran cosas al alcance de la mano, y cuyo sentido viene a ser la reducción más o menos a cero de esa distancia o su prolongación indeterminada. Las elecciones estimulan y sus resultados arrojan conclusiones, aunque nunca demasiadas, gracias a Dios. La elección de un nuevo pontífice aclara siempre algo, pero la relación entre lo que aclara y lo que vendrá a resolver es un panorama de puntos suspensivos, tan humano como para resultar demasiado humano, es decir, normal. De ahí que de la elección del nuevo Papa al sosiego de las inquietudes y al reposo de los problemas internos y externos del catolicismo y de su iglesia haya un trecho tan largo, ancho e incluso imprevisible como para superar con creces la dimensión del nuevo Vicario de Cristo, un hombre que, para mayor agobio, difícilmente podrá medirse con la envergadura colosal de su predecesor, siendo esa la medida con la que se contemplarán no sus últimos, sino sus primeros pasos. Si algo ha hecho la Iglesia Católica es cambiar, y todos los cambios, incluidos los que son y no están, los que están y no son, los ha llevado a cabo pensando en sí misma: su modo de pensar en los demás. Una de los aspectos más sorprendentes -y envidiables- de la Iglesia Católica, de Roma, del Vaticano, es precisamente su capacidad para mantener un ensimismado recogimiento junto con una tensa atención de alerta. Algo de ese extraordinario y constante alarde se hace presente en el notable ejercicio de partenogénesis con que se conserva la vida mediante la sustitución de una cabeza por otra emergida de un cuerpo aristocrático. Es un procedimiento en el que la Palabra se repliega. Un cónclave puede ser entendido como el supremo ritual de un ensimismamiento del todo en busca de la iluminación de las partes, o del ensimismamiento de éstas en pos de la iluminación de aquél. El siguiente paso de semejante entendimiento podría ser su interpretación como un ritual de confesión, acto de limpieza que fue público hasta que dejó de serlo por decisión eclesial, como tantas cosas que en su tiempo fueron. Ensimismada y a solas, puede que la Iglesia Católica se confiese a sí misma su disposición a ser lo que fue y no fue, a cambiar y no cambiar más de lo que parece. Al fin y al cabo, San Pablo no se hubiera llevado demasiado bien con San Pedro, Pescador, ni con San Juan Bautista. La Comunión de los Santos exige, como toda comunión, pasar por la confesión. Claro que a lo mejor, o peor, no es eso.