La vivienda a debate

| TERESA TÁBOAS VELEIRO |

OPINIÓN

ES EVIDENTE que la polémica suscitada estos días en torno a la propuesta de la ministra de Vivienda de ofertar apartamentos para jóvenes con una superficie mínima, ha demostrado una vez nuestro apego al espacio doméstico, que dista mucho del de otras sociedades. Aquí no cabe aquella frase de Jean-Paul Sartre cuando se refería al concepto que los americanos tenían de la vivienda «La 'house' c'est la carcase: on l'abandonne sous le moindre prétexte ». Una vez más el debate profundo y responsable sobre la vivienda ha sido relegado a un segundo plano, para quedarnos simplemente con la anécdota. Las cuestiones trascendentes generadas por el innegable despunte de la demanda en los últimos años, que no tuvo una reacción acompasada de la oferta, y que ha provocado importantes desajustes en el mercado, como el aumento del precio de la vivienda en un 147% en los últimos años, es decir 4,5 veces más que los salarios; el que la vivienda en España equivalga a 7 rentas medias anuales cuando la media europea no pasa de las 3 o 3,5; el aumento del plazo medio de hipoteca que ha pasado de 17 años en 1995 a 25 años en el 2004, o el inicio de 675.000 nuevas viviendas el pasado año. Todos estos datos no hacen más que evidenciar la necesidad de un profundo análisis de la vivienda, uno de los campos arquitectónicos más ricos y complejos para innovar y experimentar y que debería reflejar los profundos cambios experimentados en la sociedad. Sin embargo, la evolución de los últimos años del mercado inmobiliario no ha recogido esos nuevos modos de vivir, cuando la realidad arroja cifras que evidencian la diversidad en la composición familiar tradicional, fragmentada en pequeñas unidades (un 30% de las viviendas las ocupa una sola persona). Es necesario, por ello, adaptar las tipologías actuales como respuesta seria de re-elaboración de los modelos ya consolidados. Equilibrar los regímenes de tenencia, es decir: la venta y el alquiler, promover la vivienda temporal para jóvenes trabajadores y estudiantes, movilizar las viviendas vacías o promover la renovación de los parques inmobiliarios de los años 50, 60 y 70, lo que conllevaría la regeneración urbana de esos espacios y primar así la ciudad compacta. Que propicia sistemas de movilidad sostenibles con un evidente ahorro energético y promueve la mezcla de usos, la identidad colectiva y por ello la cohesión social, frente a un modelo de ciudad con una ocupación extensiva del territorio que en muchos casos no es necesaria. Porque no olvidemos que este fuerte crecimiento conlleva en muchas ocasiones una gran presión urbanística, que propicia en ciertas zonas un desarrollo insostenible, en el que los modelos urbanos de referencia se caracterizan por el derroche en el consumo de recursos naturales como el agua, y por tanto, por su nula capacidad regenerativa de los ecosistemas. Son éstos, en definitiva y no otros, los principios que tendrían que orientar el verdadero debate, y no la crítica fácil a propuestas que parecen plantear y reorientar objetivos y formas de acción, y que fomentarían una discusión capaz de provocar estrategias responsables.