CUANDO se reúnen los cardenales de la Iglesia católica se creen el ombligo del mundo. Por eso inician el Cónclave bajo la consigna extra omnes , que es tanto como suponer que ellos se quedan dentro y la gente fuera. Pero la realidad es exactamente la contraria: que nosotros seguimos en el mundo, realizando nuestras tareas cotidianas, mientras ellos se retiran al desierto. La lógica consecuencia de esta inversión copernicana es que los laicos digamos un latinajo adecuado cuando se cierre la capilla Sixtina. Extra urbem et orbem , por ejemplo. Porque es lo mismo que afirmar que nosotros nos quedamos donde siempre, mientras ellos se ponen fuera de Roma y del mundo entero. La institución del Cónclave nació para aislar a los electores de los núcleos de poder, de la simonía corruptora, de las intrigas palaciegas y de las maledicencias de última hora. Pero una larga historia de de ocho siglos nos vino a demostrar lo difícil que es el ejercicio de un voto independiente, que sólo funcionó de hecho durante el siglo XX, desde que Pío X aboliese el privilegio del veto que disfrutaban algunos Estados europeos. Por eso es tan importante e interesante este Cónclave. Porque, libre de todas las presiones políticas externas, y compuesto por cardenales ajenos a los grandes intereses económicos, afronta el difícil reto de imponerse al asedio mediático y tecnológico de nuestro tiempo, cuyo poder e influencia no eran imaginables en el Cónclave de 1979. ¿Habrá algún cardenal que entre a la residencia Santa Marta sin llevar su móvil y su ordenador portátil? ¿Se atreverán los guardias suizos a cachear al cardenal Ratzinger y a pasarle su equipaje por el escáner? ¿Serán eficientes los inhibidores de frecuencias que operen sobre el Vaticano? Aunque la realización del Cónclave exige aislamiento, resulta difícil creer que nadie va a tener una radio o un televisor de bolsillo, o que nadie va a pulsar el ambiente externo a través de los periódicos. ¿Se atreverían los cardenales a hacer un Cónclave largo, mientras miles de millones de personas observan en directo las fumatas negras e interpretan a placer las disensiones internas? ¿Puede un papa moderno soportar la tensión de un Cónclave resuelto in extremis y por mayoría absoluta? Para que no se pierdan nada de lo que va a suceder, estoy en Roma para contárselo. Y a ello me dedicaré, desde mañana mismo, en una sección de este periódico que titularé precisamente así: « Extra urbem et orbem : el primer Cónclave del Tercer Milenio». Porque, además de muchas otras cosas, estamos ante la última batalla entre la tradición y la tecnología. Y, si pierde la tradición, todo, incluso Ratzinger, será diferente.