AQUEL DESTACADO empresario gallego que lleva años anhelando poder desembarcar en un puerto gallego las materias primas que tiene que traer desde el de Rotterdam, sigue con escéptica atención la carrera de obstáculos a que se enfrentan los puertos de A Coruña y Ferrol mientras los fondos de la UE nutren los proyectos de Gijón, Sevilla o Barcelona. El empresario repetirá a sus amigos que es lógico que tantos gallegos hayan levantado imperios en los países a los que emigraron. Les dirá que allá sólo dependían de su esfuerzo. No tenían que luchar, además, contra la negativa a dar a su tierra las oportunidades en puertos, trenes o carreteras de que disfrutan los demás. Y se pregunta qué pasará el día en que tengan las mismas oportunidades sin salir de casa.