TOMO PRESTADO el título a un coruñés ilustre como Salvador de Madariaga para referirme a un ejemplo de ciudadanía, a una referencia moral cuales son las heroínas vascas continuadoras de la grandeza de Antígona. María San Gil o Maite Pagaza, en estos tiempos de profundo desasosiego causado, no ya por las amenazas externas, sino también por la pérdida en lo personal del sentido de la vida y en lo social del de nuestra civilización. Damas que el político liberal habría incluido gustoso en su colección de biografías. En estos tiempos en que abundan las candidaturas de purpurina envueltas en celofán y promovidas por mohatras mediáticas, resalta la entereza, el sentido de la dignidad, del honor, de la grandeza de la libertad como base de la condición humana. Grandes mujeres que lo son sin debérselo a cuota, artificio o maquillaje alguno. Vuelven las elecciones del miedo en la atormentada tierra vasca, ese extraño paraíso nacionalista donde los delincuentes van a cara descubierta, exhibiendo y haciendo ostentación de su barbarie, mientras los policías se esconden tras los pasamontañas y la gente de bien tiene su vida amenazada o es acosada impunemente. Tal es el logro del nacionalismo vasco, ese extravío moral, ese abuso permanente, esa castración del espíritu y de la mente que constituye un atentado permanente contra la vida y la convivencia democrática. Pero es lástima que, a diferencia de la anterior cita, el PSE haya preferido buscar la ambigüedad, la querencia del presupuesto que mantener íntegros de modo claro y contundente, como cuando el liderazgo de Redondo, los planteamientos constitucionales o la antigua tradición fundacional que veía en el nacionalismo sus propias antípodas políticas. Ni el pueblo vasco, ni el resto del pueblo español, ni sus militantes honrados y valientes como la citada Maite o el sacrificio de las víctimas del terrorismo merecen este giro oportunista.