AL VIEJO dictador le sorprendieron emociones antiguas. La educación impartida por los jesuitas lo trasladó a la lejana juventud de misa diaria y regresó a la catedral para honrar la memoria de su «inolvidable amigo» fallecido en Roma, su santidad Juan Pablo II. Los médicos le aconsejaron que no viajara al funeral romano. Es la primera vez que un comunicado oficial de La Habana aduce problemas de salud del comandante, que últimamente sale poco de la isla, aunque él no está aparentemente aislado. Mantiene simpatizantes en todos los continentes, la revolución, una revolución antigua que bajó desde Sierra Maestra hace casi cincuenta años, nos hizo amar a su comandante, a Fidel Castro, pero los afectos tienen también deserciones, y aquella revolución paró el reloj de la historia cuando la historia exigía nuevas vueltas de tuerca. Fidel, para los gallegos, es uno de los nuestros, es un dictador que lleva sus raíces más allá de su apellido, y todavía es visto con simpatía desde Galicia. Quizás, como él dijo un día, la historia lo absolverá, acaso después de condenarlo como él condenó al pueblo cubano a la humillación que la falta de libertades supone, a la miseria, justificada con la frase que llegamos a creer quienes le apoyábamos de compartir la pobreza. Fidel, de riguroso luto, acudió a la catedral de La Habana a orar, un rezo laico, una oración civil, supongo, por un Papa viajero que visitó la isla cuando el bloqueo estaba en su apogeo. Y recordó cuando la misa se oficiaba de espaldas a los asistentes y el sacerdote se expresaba en latín, que era el idioma de la Iglesia. Y fue el traducido « ite misa est », el que puso un paréntesis en la reciente historia cubana. La Iglesia de Cuba apoyó al comandante en sus inicios, los guerrilleros barbudos combatían a Batista, y la Iglesia cubana ya había repudiado al corrupto presidente. Cuarenta años después, con su visita, el Papa de Roma llevó el bálsamo de su palabra y su gesto a la isla cubana, cerrando el paréntesis de ocho lustros de una Iglesia más perseguida que tolerada en tierra pagana de santeros, de Changó y de Yemayá. Cuba decretó luto oficial de tres días, el comandante y gran parte de su consejo de ministros acudieron a la nunciatura a mostrar su pésame sincero, la catedral los tuvo de huéspedes, y al final Fidel no pudo estar presente en Roma. La foto hubiera sido impagable. Castro junto a Bush en las exequias por el Papa. Tal vez haya sido el primer milagro del Papa después de muerto, un empujoncito para hacer caer el último de los muros que separa al pueblo de la democracia. Quién sabe. Dicen que en la catedral de La Habana, a Fidel Castro se le humedecieron los ojos, y que de repente, como por encantamiento, toda la adolescencia de pequeño burgués que nunca llegó a príncipe de su colegio -aunque fue un brillante y añorado alumno de los jesuitas- regresó a su corazón y el luto se convirtió en duelo sincero. Quisimos, parodiando a Cortázar, tanto a Castro, que incluso convertimos en veniales las faltas que invariablemente le disculpamos, hasta que aprendimos, y nos ha costado, a llamarle dictador. Esta semana le sorprendieron emociones antiguas, tan antiguas y nobles como el afecto. Debió de ser un milagro.