NADIE HABÍA previsto una avalancha tan impresionante. Ni los gobiernos, ni las grandes corporaciones, ni los técnicos de la comunicación, ni el propio poder vaticano que la provocó. Nadie pensó que Castro volvería a la Catedral, que Francia arriaría sus banderas a media asta, que todos los periódicos del mundo tendrían en sustancia la misma portada, que las televisiones y radios iban a quedar bloqueadas por la retransmisión de salmodias y tañidos de campanas, y que la ingente basílica de Pedro iba a quedarse pequeña para acoger a todo el poder del mundo que viene a rendir homenaje a un papa muerto. Todos hemos convenido en que Karol Wojtyla es el mayor fenómeno mediático de la historia. Pero ya somos muchos los que empezamos a sospechar que este fenómeno necesita más explicaciones, y que, lejos de ser los medios de comunicación los que están levantando el mito de un pontífice universal, es la sencilla y desgarradora imagen del papa difunto la que obliga a los medios de comunicación a trasmitir el mensaje de esperanza que ansían las gentes que confluyen sobre Roma. Comparando a Bush con Wojtyla, es evidente que el poder no reside en la capacidad de hacer la guerra, sino en la senda de la paz. Frente al resurgir de las identidades localistas y fragmentadoras, Juan Pablo II constituye un símbolo de identidad universal que, al amparo de grandes principios y objetivos utópicos, es capaz de generar una comunidad humana que, discrepando en todos los intereses materiales, ensancha los espacios de encuentro, de fraternidad y de justicia. Pero los expertos que analizan el fenómeno para los gobiernos del mundo están apuntando otras conclusiones que, hace sólo una semana, parecían imposibles. La idea de una laicidad progresiva, enfrentada a una religión en crisis, suena ya a puro disparate. La sensación de que los cristianos de base han enfilado el camino de la unidad, bajo el liderazgo de Roma, es cada vez más considerada. Y la convicción de que nos hemos pasado en la dosis de materialismo, hasta dejar a la gente sedienta de cualquier cosa que insinúe la trascendencia, es casi general. Las enormes colas que van hacia el Vaticano buscan un temblor de conciencia y una luz de sentido que no encuentran en otra parte. Y bien haríamos si, sin dejar de ser críticos con el papado de Wojtyla, empezamos a leer sus brillantes conclusiones. También corremos el riesgo de que esta colosal manifestación de la gente no apunte más que un rearme de Occidente frente a las incertidumbres del futuro. Y por eso conviene andar finos en la lectura de un hecho que, cualquiera que sea su interpretación social y política, es una atrayente y sugerente desmesura.