Este fin de semana he recordado esa canción de Alain Souchon que habla de una «foule sentimentale», una muchedumbre sedienta -aunque no lo parezca- de ideales, atraída por cosas tan poco comerciales como la religión, las estrellas y los velos. Se nos ha muerto el Papa y la gente de la calle llora. Gente de diversa catadura, profesores, obreros, comunistas impenitentes, monjas, imanes y rabinos, se reúnen en un luto extraño, inmotivado, pues Juan Pablo II iba a morir y todos lo sabían. «Lo criticábamos -dicen-. No estábamos de acuerdo con muchas de sus ideas, pero, en el fondo nos gustaba tener siempre por encima una figura paterna contra la que rebelarnos. Creo que lo queríamos. El Papa era parte de nuestras vidas». Y es que la era de los medios de comunicación ha tenido un impacto desmesurado sobre nuestras emociones, convirtiendo seres distantes en personajes cercanísimos, casi de nuestra propia familia. El roce es el cariño, dicen muchos. Al ver el llanto de los fieles en la plaza de San Pedro, el llanto de sus paisanos de Cracovia, el rostro cariacontecido de los políticos, de los taxistas, de los chavales madrileños, uno se pregunta si acaso, en vez de llorar la muerte de Wojtila -que al fin al cabo tenía que morir de puro viejo- no llorarán por ellos mismos que se quedan. De una manera instintiva, animal, desesperada.