VERLE en la ventana, esforzándose por hablar y bendecir mientras le mordían mil dolores me pareció una metáfora de su vida. De su vida familiar, de su vida en la escuela y en la mina y en la fábrica y como estudiante clandestino de un seminario bajo la opresión nazi, y como actor de teatro, y como poeta, y como cura bajo la opresión comunista y como intelectual, y como místico que se escapaba a las montañas a esquiar mientras preparaba los ejercicios que predicaría al entonces Papa, y como defensor de las libertades y los derechos humanos -frente al comunismo y frente al capitalismo, frente a Fidel y frente a Marcos o Pinochet-, como defensor de la dignidad humana -frente a los asaltos publicitarios de la industria biotecnológica, frente a la guerra-, ejerciendo su ministerio como alguien que «propone y no impone», alguien que acompaña, en nombre de Otro, a toda una humanidad doliente. Juan Pablo II se apaga. Quizá cuando se publiquen estas líneas, tan pobres, ya goce de la eternidad. Lo suyo sería apagarse un sábado, día de la Virgen, ya que sobrevivió a lo que en él sería natural: morir en aquella ventana, entre dolores, de pie y bendiciendo al mundo. psanchez@udc.es