AMIGOS creyentes me envían correos electrónicos rogando que rece por la salud de Juan Pablo II, según deseo expresado por él mismo. Y lo hago sumándome a los millones de personas que en estos momentos tienen un recuerdo piadoso en forma de oración por la salud, por la enfermedad del Papa de Roma. En mi oración sugerida estaba implícito el deseo de que la paz, el descanso y la ausencia de dolor llegaran raudos al Vaticano y la piedad dejara paso a la misericordia para que las imágenes de angustia urbi et orbe , que retransmitió la televisión con motivo de la fiesta de la pascua de Resurrección, fueran más un espejismo que un recuerdo. El sufrimiento en directo, la impotencia de articular la bendición que el obispo de Roma guiaba con su mano, me acompañó como foto fija todos estos días. Estaba viendo el dolor en el rostro de un ser querido, de un familiar cercano, los últimos días de la vida de mi padre, era un dolor, un sufrimiento universal, y me resultaba de un exhibicionismo casi impúdico verlo en el ojo impertinente del televisor, verlo multiplicado en los telediarios en bares y cafeterías. Se ha convertido en el papa del silencio, en un anciano que gobierna su cabeza desde la cabezonería obstinada del minero polaco que habita su memoria. El Papa está viviendo una larga y prolongada semana de Pasión, el Papa está muriéndose y su muerte es un testimonio dilatado, una agonía más o menos lúcida que no debe ser contada desde la obscenidad de las 625 líneas televisivas. El golpe, la palmetada en la cabeza, toda la rabia contenida estampada en la frente, cuando el santo padre constató su impotencia, fue una imprecación, un mensaje de santa ira, dirigido al Dios de los cristianos, la octava de las siete palabras, la que Jesús nunca dijo en el Calvario. Y con ese gesto el Papa de Roma humanizó su discurso. No hay que esconder la angustia de la enfermedad, pero tampoco es menester pasearla por el mundo. El Papa no es un espectáculo, representa a la divinidad en la tierra, merece cuando menos todo nuestro respeto y nuestra admiración porque, al menos sobre el papel, él es el intérprete del mundo del espíritu, y sabe descifrar los laberintos de la moral y de la ética. Su dolor es nuestro dolor. El sufrimiento, su sufrimiento, es un dolor colectivo, libre de toda sospecha. Si yo pudiera le enviaría al Papa un poema paliativo de Alberti, unas estrofas balsámicas de Valente o un relato de Cunqueiro o Borges que mitigara su soledad y su agonía. Se lo envío en un mensaje de papel, en la contradicción de una súplica laica. En mi correo los mensajes de mis amigos creyentes me sugieren un padrenuestro por la salud del Papa de Roma, del anciano Papa polaco. A mí no me cuesta ningún trabajo e incluyo a mi suegra, que comparte su mismo mal, en ese envío místico de la primera oración aprendida y me escucho diciendo en voz alta que se haga tu voluntad así en la tierra como en el cielo.