MENOS MAL que el ministro del Interior, José Antonio Alonso, es juez de profesión. Se le supone, por tanto, un conocimiento de las leyes y sus vericuetos para moverse en las arenas movedizas del País Vasco. La última es la lista del llamado Partido Comunista de las Tierras Vascas, que había pasado tan desapercibida para todos como si fuera el Partido Proverista, que se sigue presentando a casi todos los procesos electorales. Se trata del último y complejo embrollo político, ante el que un cronista sólo puede decir: «Ojo al dato, Gobierno, que te la pueden colar». Como todos somos excelentes profetas del pasado, ahora vemos que, desde el punto de vista de los terroristas, crear esa lista habría sido una idea cabrona, pero inteligente. Habría demostrado una astucia sensacional por parte de Otegi y su banda. Una trampa perfecta: hicieron que todos nos fijáramos como tontos en Aukera Guztiak, mientras ellos tenían un repuesto. Sería, en política, una operación propia de la guerrilla urbana: se entretiene a los guardias (tan cualificados como el Fiscal General, el Tribunal Supremo y el Constitucional) con un pequeño incidente, mientras se monta la gran algarada tres calles más abajo. Lo tienen tan ensayado, que parece creíble. El primero en creerlo ha sido el PP, que se lanzó en picado, sin mayor comprobación, a la yugular del Gobierno, en la seguridad de que le han metido un gol. No pueden desaprovechar esta oportunidad de arremeter contra Zapatero. Para ellos es la última prueba de incompetencia. O algo peor: la última prueba de esa intoxicación que circula por ahí sobre un pacto secreto con Batasuna, una presencia tolerada, un acuerdo vergonzante que pertenece más al terreno de la fantasía que de la realidad posible. En todo caso, estamos ante una nueva emoción, el nuevo suspense, un nuevo misterio de esta campaña. Digo que es una suerte que el ministro Alonso sea juez, porque puede pasar de todo. Podemos ver que ese Partido Comunista era un durmiente que esperaba su ocasión para ser utilizado. Podemos ver que, sin ser en origen una trampa de Batasuna, se convierte en su instrumento, y para eso asumirá su compromiso. Podemos ver, incluso, que sus electos renuncian a sus escaños para situar otros nombres. Podemos ver que Batasuna pide los votos para ella, aunque sólo sea para jorobar. Todo está abierto, como en una película de Hitchkock. Y encima, el Estado cuenta con la colaboración del Gobierno vasco, que inunda los despachos de los mandatarios del mundo de cartas que denuncian un «atropello a la democracia». Zapatero, por fin, puede comprobar lo fácil que es gobernar este país. Sólo se requiere dormir con un libro debajo de la almohada: el Código Penal.