La caída del Gobierno amigo fue para Fraga un mal menor. Distanciado de Aznar, el patrón encontró en el triunfo del PSOE más que un motivo para recular otra vez y optar al quinto mandato. Zapatero lo recibió en Moncloa con la bandera gallega y puso en marcha las tesis autonomistas que Aznar rebatió. Fraga se jactaba de su sintonía con ZP y el Gobierno socialista, del apoyo del fundador del PP a sus propuestas reformistas. Eran días felices que Génova seguía con recelo. Pero las elecciones todo lo pudren. Las cartas que aplacaban fricciones con la ministra de Fomento están ahora plenas de reproches. A menos de siete meses de las autonómicas, el futuro político de Galicia es una hipoteca de promesas y su presente, un cruce de acusaciones que sólo deja réditos a Correos.