Verne

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA | O |

28 mar 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

NI VIAJANDO toda su vida hubiese descubierto Julio Verne la décima parte de las maravillas que soñó y describió en sus libros sin apenas moverse. Conmemorar ahora el primer centenario de su muerte supone la oportunidad de reivindicar la imaginación como la locomotora que arrastra al mundo. Una osadía humana irrenunciable, necesaria, anunciadora. Porque, como dijo Teófilo Gautier, todas las verdades tienen algún pobre San Juan precursor que va contra corriente, predica en el desierto y muere en la miseria. Verne murió rico porque fue considerado un fabulador. Tuvo suerte. Era un visionario. Pensaba en esto mientras veía por enésima vez la película Veinte mil leguas de viaje submarino en la excelente versión de Richard Fleischer, protagonizada por Kirk Douglas y James Mason (un inolvidable capitán Nemo, con placa en nuestra isla de San Simón). Al parecer, Verne escribió esta obra por sugerencia de otra pionera (en otro ámbito), la escritora Georges Sand. Francia y el mundo le rinden ahora un justo homenaje. Porque, a pesar de haber sido desbordado por una realidad en cambio permanente, siempre sospecharemos que dar la vuelta al mundo, en términos humanos, lleva ochenta días. Ni los aviones supersónicos han logrado derrotar esta convicción.