26 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.
Hubo una época en que la Semana Santa era un tiempo de luto obligatorio y no abrían ni los cines. Aquel hondo pesar generalizado se ha ido adaptando a la cohabitación con el folclore, el ocio y el turismo. Y, sin llegar al extremo de colocar las procesiones como reclamo de escaparate, la iconografía sagrada se ve ahora de otra manera. Aunque todo cambia (menos la emisión de Las sandalias del pescador o las comidas de vigilia que preparan las abuelas), el paso de una procesión sigue teniendo su pegada. Quizás no tanta como para que se gire un maniquí de Viveiro aburrido de lucir toda la temporada el mismo traje, pero sí como para impresionar a más de uno.