Opinión
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24 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.
POR FIN llegó. Contempló las torres de la catedral desde el Monte do Gozo y se fue directo al Obradoiro. Entró en el templo y se fue directo al confesonario. Con las botas llenas todavía del barro de la ruta y sin desprenderse de la voluminosa mochila ni del cayado. El peregrino tenía prisa quizá por desprenderse de otra carga más pesada que la que llevaba a la espalda. O por compartir la experiencia del Camino, que deja una huella indeleble tanto en los creyentes como en los que lo recorren por los más variados motivos.