La carga del peregrino

| P. NEMO |

OPINIÓN

POR FIN llegó. Contempló las torres de la catedral desde el Monte do Gozo y se fue directo al Obradoiro. Entró en el templo y se fue directo al confesonario. Con las botas llenas todavía del barro de la ruta y sin desprenderse de la voluminosa mochila ni del cayado. El peregrino tenía prisa quizá por desprenderse de otra carga más pesada que la que llevaba a la espalda. O por compartir la experiencia del Camino, que deja una huella indeleble tanto en los creyentes como en los que lo recorren por los más variados motivos.