Islas al límite

OPINIÓN

CAPOTILLO

19 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

UNA ISLA está orientada a los cuatro vientos. Es la intemperie permanente: el suroeste antropológicamente galaico, el norte isobárico y cortante, el este despunta con los reflejos del naciente, el sur calienta las cejas y el oeste largo y tendido, eterno, aviva los contrastes cuando sus rayos, al atravesar los alféizares de las ventanas, hacen vibrar diminutas motas de polvo. Si su contorno se puede recorrer en una jornada, moviéndose entre rocas y arenas, viviremos una experiencia inagotable de luces y destellos en el límite fijo de su horizonte. Las islas tienen algo de mágico. La Ínsula Barataria que le hicieron soñar a Sancho Panza, la isla del tesoro de John Silver, el cofre mítico de Eugenio Granell, las islas del viejo Sinbad... Pero las islas son también vulnerables, porque están expuestas por los cuatro costados. Mientras están incomunicadas son como fortalezas que todavía resisten el asedio, pero su misma imagen de lugares confinados, tranquilos, despierta apetencias por doquier. Por eso, en cuanto se tiende un puente, la construcción y la circulación las toman por asalto, y sus habitantes, acostumbrados a mirar hacia el perímetro marítimo, empiezan a volver la vista hacia sus adentros. A Toxa, sometida desde hace un siglo al impacto del asfalto y el ladrillo, está al límite de la ocupación. Conserva el sello señorial, camp, del hotel viscontiano, la capilla de vieiras y los jardines, combinado con lo folk en la afluencia de excursiones domingueras para ver los fondos marinos y soñar con la opulencia, mientras las vendedoras de collares te asedian ofreciendo su orfebrería de conchas. Sus bordes pueden reseguirse hasta el punto en que lo permite el campo de golf, y el embarcadero de la parte posterior del Gran Hotel, donde confluyen lo público y lo privado, es un lugar de ensueño, con las olas mansas que lamen la escalinata de piedra. La Illa de Arousa, que hasta los ochenta mantuvo su plena insularidad, está también al límite, con el hábitat disperso y la mezcla de usos incompatibles. Popular y dual, el sector del Carreirón, con sus playas y marismas, está acertadamente protegido, mientras que en la parte norte, con la aglomeración humana y los dos puertos, lo orgánico y lo inorgánico se mezclan en la línea de contacto del agua y la tierra. La transición entre roca y mar aparece de vez en cuando festoneada de escombros y residuos arrojados por la marea, un déficit de limpieza que empaña la natural belleza del paseo. El parque nacional de las islas atlánticas, Cíes, Ons, Onza, Sálvora y Cortegada, tiene una figura de protección especial. La ría de Arousa, con su paisaje de archipiélagos, bateas y velas, repartida entre varias directrices ambientales, bien merecería un plan director. A Toxa y la Illa de Arousa, nuestras islas más importantes, ricas en recursos y en biodiversidad, están, respectivamente, al límite de la urbanización y de la desurbanización. Ambas necesitan la decisión de las instituciones. A Toxa, para que se ponga un punto final a la edificación excesiva. La Illa de Arousa, para promover iniciativas urbanísticas, económicas, turísticas, con ayudas y programas que permitan a sus habitantes desarrollar los usos adecuados en este paraje privilegiado.