AQUÍ somos así de indulgentes. Toleramos lo indecible. Resulta que un año después de ganar las elecciones, Rodríguez Zapatero volvería a hacerlo y con un margen de votos aún mayor. Algunos creíamos que durante estos meses Zapatero había estado instalado en el limbo. Lo creíamos por el desconocimiento de la realidad. Pensábamos eso. Pero no debe de ser cierto. Porque un número de españoles superior al de aquel 14-M dice hoy que este es un gran Gobierno. Algunos creíamos que gobernar era guiar, dirigir y gestionar. Pero no debe de ser. Porque entonces Zapatero no estaría gobernando. Veamos. El presidente llega a Vigo y dice entusiasmado que ha solucionado el problema de los astilleros. Al día siguiente 1.400 trabajadores se van a la calle. Habla del cumplimiento del Plan Galicia, sin saber de que la cosa está como está. Con el mismo rigor, presume de la reforma del audiovisual. Y dice que la constitucional no entrañará sobresaltos. Así van pasando los días y ya consumimos el primer año. Y sigue sin enterarse de lo que pasa a su alrededor. Dice una cosa y ocurre la contraria. Sucede con la política exterior, con el precio de la vivienda, con la educación y con la sanidad. Sucede incluso con sus socios de gobierno. Zapatero va por un lado y la realidad por el contrario. Pero parece ser que esto es lo que quiere una mayoría amplia de españoles. Que la realidad no le amargue el desayuno. Nosotros creíamos que para gobernar hay que saber lo que sucede en el país. Que hay que leerse los periódicos todas las mañanas para informarse y tratar de resolver los problemas. Nosotros creíamos que con discursos dulzones, gestos acaramelados, talante empalagoso y carácter zalamero, se hacía una tarta riquísima. Pero resulta que no. Resulta que se gobierna. Es cuestión de gustos.