LOS PARTIDOS políticos catalanes han desinflado «el suflé del 3%» al precio de desertizar el llamado «oasis catalán», cuya duración en el tiempo vendría a coincidir con los años de Jordi Pujol al frente de la Generalitat. Pasqual Maragall y Artur Mas han puesto el nivel a ras de suelo y nos han llevado a creer que eso del seny catalán es una leyenda urbana que podría traducirse por compadreo o palabra similar. Nunca he estado seguro de entender el errático discurso político de Maragall. Creo que tampoco lo entienden muchos de sus próximos en el PSC-PSOE. No sabemos qué quiere para Cataluña ni para España. Ha dicho tantas majaderías en los últimos tiempos que hasta Carod-Rovira, ese pícaro de la política, ha podido presentarse como un mediador prudente e integrador. Lo cual acredita que el oasis ha sido tragado por ese desierto que al parecer habría alcanzado ya hace años al resto del territorio español. Sin embargo, creo que lo que ha sucedido tiene también su lado bueno, porque clausura el injustificado mito catalán de una política de mayor enjundia. El siguiente paso será la desmitificación del propio pujolismo. Son muchas las virtudes que adornaron al anterior presidente de la Generalitat. Un día, en pleno trienio de la crispación (1993-96), me concedió una entrevista que iba a ser difundida por la agencia Efe en los formatos de texto, radio y televisión. La anuló en el último instante, cuando yo ya estaba en la antesala de su despacho. Me invitó a pasar y me dio una explicación en privado: «No puedo hablar ahora. No puedo decir que las cosas van bien, porque no van bien, pero decirlo sería malo para España. Y no puedo decir que las cosas van mal, porque sería echar más leña al fuego». Me quedé compuesto y sin novia, pero convencido de que estaba ante un gran estadista, responsable y lúcido. Pero también conocí la parte cutre del pujolismo, de un nacionalismo de campanario, asfixiante y empequeñecedor, que, para avanzar, se parapetaba siempre en el victimismo. Creo que a la larga le agradeceremos a Maragall y a Mas que hayan hecho esta lamentable escenificación política. Nos merecemos más, pero, si no lo tenemos, es mejor saberlo.