¿Y COMO estaba previsto, a las 07.37 horas de ayer doblaron las 2.000 campanas de la Comunidad de Madrid por los 192 ciudadanos libres asesinados en los atentados terroristas del 11-M y el millar de heridos. También por los mil españoles asesinados por ETA. En un silencio que quiso ser total, las campanas de las 650 iglesias tañeron en señal de duelo y multiplicaron al infinito la memoria de todas las víctimas. Durante cinco minutos, la capital de espíritu abierto y tolerante se hizo pequeña y recoleta para escuchar el gong metálico de estos ancestrales instrumentos musicales y el aliento contenido del paseante, que detuvo su caminar sobre el empedrado para recordar a los muertos: «Hoy recuerdo a los muertos de mi casa»¿ que escribió Octavio Paz. A los muertos, que son de todos y de cada uno, sin distinción de credos, sin marca de colores o banderas. Sin fronteras. Madrid volvió a ser una ciudad a la medida del hombre, llena de calor y con alma de pueblo. Su silencio de bronce se travistió en otras muchas localidades españolas y europeas recordando a los ausentes. Desde hace 5.000 años, cuando se inventó en el valle del Indo el proceso de fundición a la cera perdida , las campanas convocan y recuerdan con su tañido los grandes y pequeños acontecimientos humanos. Las alegrías y las tristezas, las alertas ante algún peligro, las llamadas a la solidaridad y a la colaboración vecinal, las reuniones en torno a un hecho histórico o cotidiano. Ayer, en Madrid, las campanas volvieron a ser el alma de un pueblo que no quiere olvidar la infamia terrorista de los sembradores de odio; la vesania de sus actos. Su volteo devolvió recuerdos y despertó sensaciones. Vivir cerca de una campana es contar el paso de las horas, sentir el pálpito. Machado cantó en sus versos: «Doblar de campanas, lejanas, llorosas/ Suave de rosas aromado aliento/¿¿Qué dicen las dulces campanas al viento?»¿ Y muchos hemos recordado en este tañer que el 11 de marzo del 2004 un puñado de fanáticos, mesiánicos ciegos de ira, sumaron al permanente dolor por los asesinatos de ETA la venganza del Islam radical de Bin Laden contra la vieja herida de Al-Andalus, haciendo estallar sus bombas en unos trenes de cercanías que circulaban repletos de seres humanos camino de sus obligaciones diarias, con sus problemas e ilusiones, en su cotidianidad extrema. Unos trenes que nunca llegaron a su destino, que dejaron un reguero de cuerpos destrozados, de ilusiones rotas, de tristezas para siempre entre los que se quedaron y hubieran preferido irse con sus seres queridos; entre los padres que enterraron a sus hijos y no al revés, como es ley de vida; entre huérfanos imberbes y viudas prematuras. Eso es lo que hemos recordado mientras tañían las campanas.