MAÑANA hace un año. Vuelve a ser 11-M. El tiempo ha pasado, pero no para todos. A miles de personas se les paró el reloj hace 365 días. Las bombas detuvieron sus vidas. Las partieron en dos. Las llenaron de muerte, de dolor, de sufrimiento. Las cubrieron de ausencias. Veo en la tele un reportaje sobre las víctimas. Una mujer latinoamericana cuenta como resultó herida. La mano, la cara, los oídos y, lo peor, el alma. Su marido murió en uno de aquellos trenes. Su final fue también el de una historia llena de belleza. Llegaron a España buscando una vida mejor. Se esforzaron. Trabajaron. Compraron una casa. Tuvieron una niña preciosa. La explosión les robó el futuro. Les instaló en la tristeza. Veo los ojos de la niña y los vídeos de cuando era más chiquita y su padre muerto jugaba con ella. Los veo bailar. Imagino cómo sería la vida de los míos sin mí. O la mía sin alguno de ellos. No tengo que seguir imaginando, pues ya siento el dolor. Me punza el pecho como si una carcoma negra me devorara el corazón. Del 11-M ya no me interesa ni la comisión de la verdad ni los eternos dimes y diretes de los políticos. Ni tan siquiera la investigación policial. Del 11-M ya sólo me importan las vidas rotas. Los niños huérfanos. Los amores destrozados. Los hijos caídos en plena juventud. Mirar al horror a los ojos es la mejor manera de entender la maldad absoluta del terrorismo. Los locos que ponen bombas deberían ver los ojos de sus víctimas. No de las que se fueron. De las que se quedaron aquí. Sufriendo.