LOS DIOSES griegos condenaron al rebelde Sísifo a repetir eternamente un trabajo que excluía toda posibilidad de progreso. Debía empujar un bloque de piedra por una ladera arriba hasta que, alcanzada la cima, el peñasco se le escurría entre las manos y rodaba hasta el valle, y vuelta a empezar. Con gran lucidez, el escritor Stephan Lackner le dio una continuación lógica a esta historia. Con el paso de los siglos, las aristas cortantes de la roca se fueron desgastando, los hoyos del terreno se alisaron, la pendiente se redujo y la propia piedra se fue desgastando y empequeñeciendo. Tanto que, al final, era más exacto hablar de un guijarro que de una roca. Lackner no se detuvo aquí sino que imaginó una evolución más. Sísifo mete el guijarro en el bolsillo, con sus tarjetas de crédito, sus tranquilizantes y sus estimulantes, y «ahora sube cada mañana, en el ascensor, hasta la planta 28 del rascacielos de oficinas, que fue erigido justamente donde estuvo antaño su lugar de castigo, y al atardecer baja de nuevo a la calle». ¿Les suena de qué va la historia? ¿Acaso no es una espléndida actualización de un mito clásico? ¿O es que no hay muchos Sísifos hoy? Lean las encuestas de insatisfacción laboral y acuérdense de los dioses... griegos.