RECONOZCO que nunca he podido acreditar en la eficacia y/o necesidad de la resurrecta comisión parlamentaria en torno al Prestige , más allá de la restitución de un derecho conculcado a los parlamentarios gallegos para desarrollar sus funciones por sentencia del Tribunal Constitucional. Pero pasados dos años y medio del accidente trágicamente gestionado, uno no puede evitar que le lleguen ecos de lo sucedido algunos días en la citada comisión. Y entre estos ecos, quizá problemas propios de corporativismo, retengo sobre todo aquéllos que tienen que ver con los mundos inciertos de la ciencia y la investigación. Así, retengo modelos de simulación que confirmaban lo acertado de la decisión de la autoridad competente mandando el barco hacia el océano tenebroso, juicios de valor sobre la incapacidad de los cientificos gallegos por alarmistas, y muy recientemente, denuncias de marginación y censura. Ni quito ni pongo rey pero todos esos ecos que retengo me retrotraen a lo que sucedía hace dos años largos, cuando imperaba la incertidumbre sobre la efectividad de la investigación cientifica española ante catástrofes como la del Prestige , y donde los investigadores se reclamaban huérfanos de directrices y modos de intervención. Pero eso sucedió hasta un 21 de marzo, cuatro meses después del accidente del Prestige , cuando se formalizó la convocatoria urgente y extraordinaria de proyectos de intervención científica, y a partir de ese momento el análisis crítico de los programas a desarrollar propuestos y financiados por la Administración del Estado, dieron paso -además de a un trabajo experimental- a un acriticismo sobre el papel y la capacidad de la investigación científica para operar en este tipo de catástrofes. Y más allá de que dos años después la ciencia pueda aportar datos contrastables sobre el alcance y los efectos del vertido, como a no dudar sucederá en próximos congresos y extraordinarios de revistas científicas, uno no puede evitar la desazón que le producen quienes descalifican a la ciencia -obviando la responsabilidad de la administración científica-, o la de quienes obvian la autocrítica sobre las carencias y debilidades de la propia comunidad científica. Todos repicando y procesionando al tiempo.