CUANDO era un niño quedaba con sus amigos para jugar en la calle, aunque estrechamente vigilado por mamá. Cuando tras ser empujado sutilmente a la catequesis por mamá, hizo la primera comunión, en la celebración, que parecía una boda, le regalaron un ordenador, una tele y una play para su habitación.(¡Valió la pena!, se dijo). Con su rápida incorporación a las nuevas tecnologías dejó de salir por el barrio. Tenía el culo como la bola del mundo y las piernas más blandas que un par de salchichas, pero, eso sí, poseía unos pulgares más desarrollados que los bíceps de Swarzennegger. Era un «hacha» con todo tipo de batallas en 3D, pero tan torpe para la dimensión real que no sabía ni echar una carta en el buzón de correos (¿urbano? ¿interurbano? ¡glups!). La paga se le iba íntegra en alquiler de videojuegos y después, en el saldo del móvil que le regalaron cuando cumplió los 18. Su primer revés le sucedió cuando se dio cuenta de que no estaba en la lista de números frecuentes de ninguno de sus supuestos colegas de los blogs, los chats y las partidas en red. No pudo soportar no ser un número preferente. Realmente, eso sí que era no ser nadie. Deprimido, se encerró en su cuarto y chateando conoció a la mujer de su vida, la mejor jugadora de Los Sims de todos los tiempos. Hace años que son novios. Nunca se han visto pero aseguran que es mejor así, que son, virtualmente, muy felices.