ESCRIBO desde las Palmas de Gran Canaria. Paseando hasta el restaurante escuché hablar en gallego, los camareros y el dueño son gallegos; Camariñas, Cee, la Costa da Morte se está empadronando en Vecindario, en Lanzarote, en Tenerife, en las Palmas. Son rapaces jóvenes que han desertado de la mar para buscarse la vida en la construcción y en la hostelería; prefieren, me dijo un galleguanche , un guanchiño, que prefería ser parado en Las Palmas a marinero en Corme. Los cadáveres del último naufragio, del reciente tributo que el mar del norte se cobró en los tripulantes del Siempre Casina , son senegaleses, peruanos y caboverdianos. Las tripulaciones de Burela o de Celeiro son indonesias y latinoamericanas, subsaharianas y magrebíes, gentes del mar, de los mares, porque la mar y los océanos no tienen fronteras. Los náufragos de la más reciente tragedia son nuestros náufragos, pescaban en la gran despensa marina y Burela era el más seguro de los puertos para trazar las líneas maestras de una nueva vida. Burela o Celeiro acogen a ciudadanos de otros países que han encontrado en Galicia y entre los gallegos un hogar común. Nos devuelven la visita que un pueblo castigado por la emigración como patología endémica realizó a sus continentes de origen. La muerte, maldita muerte, hizo su postrera singladura. La muerte, maldita muerte, navegó en la noche a bordo del Siempre Casina . La muerte, maldita muerte, es un polizón perverso que viaja sin ser invitado. Es difícil entender, interpretar las razones que provocan en un mundo online , el naufragio de un barco moderno a tiro de piedra de la costa. Los naufragios son una celada, se producen a traición cuando la ola trepa hasta el puente y la nave se enreda en los ángulos muertos del viento. Los satélites que todo lo vigilan son burlados por el ejército de las sombras que tiene en el temporal y en la galerna a sus mejores aliados. Escribo desde las Palmas de Gran Canaria cuando los buzos han rescatado a seis cadáveres, seis cruces clavadas en el corazón de la mar, en la gran patria náutica, seis muertos que viajaron en un barco ataúd, hasta una ría apacible, hasta la ría de mi pueblo, Viveiro, que tiene memoria de naufragios, de galernas y de cadáveres que la mar nunca ha devuelto. Escribo desde el dolor y la rabia, desde una impotencia genética que tenemos todos los que nacimos en la orilla de la mar, acostumbrados a que en los inviernos de nuestra infancia las campanas tocaran a rebato anunciando un mal presagio, un naufragio, un puñado de muertes de amigos y de vecinos. Ningún náufrago es anónimo, aunque no sepamos sus nombres. Estos muertos de la última mala mar son nuestros, forman parte de la única raza, la humana, que navega los mares, que trabaja las tierras, que rotura los sembrados, que cada mañana abre las puertas de los comercios y de las fábricas, la única raza que habita la tierra, la patria común de la humanidad. Que la mar y la tierra les sean leves. Yo así lo deseo desde la piedad y la solidaridad.