ANNAPOLIS es la capital del estado norteamericano de Maryland. Una ciudad coqueta y pequeña que, además de acoger la academia de la que salen los oficiales de la Armada de Estados Unidos, fue hasta principios del siglo XIX el puerto de entrada de cientos de miles de esclavos africanos. Pero, en una de esas piruetas en las que se le da la vuelta al calcetín de la ignominia, en la actualidad recibe al visitante con un homenaje al abolicionismo y a la dignidad de las personas, encarnado por Alex Haley y su héroe afroamericano Kunta Kinte. La esclavitud fue abolida (en España todavía en 1880), pero la sangría humana de África no cesa. En la última década han llegado a Estados Unidos más africanos que en los dos siglos precedentes, es decir desde que las leyes del país prohibieron el mercado de seres humanos. En Europa, sobre todo por la puerta sur de España, el goteo es permanente y dramático. El continente negro nos cede a los mejores y aquí aún somos rácanos a la hora de darles el estatus de ciudadanos plenos. Por eso los gritos que se escuchan en algunos estadios cuando toca el balón un negro no son sólo una broma de hooligans. Por eso inquieta que la UE sea incapaz de erradicar la simbología nazi. Es posible que ni una cruz gamada en la camisa de un disfraz ni los aullidos sin neuronas desde la grada sean acciones violentas. Pero son, sin duda, alimento para los comportamientos más despreciables. Como si los reglamentos de la esclavitud fuesen sólo vieja literatura de ficción.