24 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

NEVABA EN Madrid y la gente volvía a decir que el tiempo está loco, como si alguna vez alguien lo hubiese creído cuerdo. El ser humano, que apareció en el mundo entre dos glaciaciones, ya debería estar acostumbrado a los cambios de temperatura, pero siempre le han resultado tan incomprensibles que hasta ha creado religiones en las que el clima no era sino un instrumento de los dioses para castigar los pecados de la Humanidad. Ahora nos preocupa el calentamiento global, y hemos creado una religión moderna (el ecologismo) que lo explica también como consecuencia de nuestros pecados (quizá sea cierto). En sí, el hecho no es nuevo. Hubo ya un calentamiento global en la Edad Media europea: fue lo que permitió que se poblase Islandia, que se desarrollasen reinos prósperos en Suecia y Rusia. Luego la temperatura cayó bruscamente entre los siglos XV y XIX (la «pequeña Era Polar», cuando hasta la Laguna de Venecia se helaba). Los científicos no saben bien por qué ocurrieron estas cosas, como tampoco son seguras las causas ni los remedios del calentamiento global actual. Advierten que la actividad solar, y no se sabe cuántos factores más, pueden influir más que cualquier otra cosa en las temperaturas (incluso una minoría de expertos no cree en el calentamiento). Pero nosotros preferimos la certeza y la culpa, y así, de vez en cuando, nos flagelamos con alarmas paralizantes sobre el futuro del clima, como las del informe que acaba de publicar el gobierno y que habla de un calentamiento de 7 grados para finales de siglo. La Naturaleza, que no se sabe si es sabia, pero sí es caprichosa, ha querido saludar el dato con un descenso brusco de las temperaturas y nieve. Es una anécdota, porque el calentamiento no depende de que un día nieve, pero parece que el cielo ha querido recordarnos lo poco que sabemos del clima. De hecho, no hay certezas, y si uno se lee ese informe completo del gobierno verá que la cifra de 7 grados se da como hipótesis improbable para el «peor escenario posible, en verano y en el área más árida de la península», pero a nadie le han interesado estos matices. Incluso muchos de los que conocen la precariedad de esos cálculos defienden estas exageraciones como un miedo útil. Igual que los profetas de antaño, creen que el miedo educa a los ignorantes. La pregunta es, en cambio, si quizás miedo e ignorancia no serán la misma cosa, si el miedo no es peor enemigo de la sociedad que el clima.