YA PUEDE decirnos Mariano que a él le afecta como si residiese en la Antártida. Es decir, nada. Porque el topetazo entre don Manuel y quien ejerce la enseñanza en Georgetown afecta a todos y a todo. Y no ha sido casualidad. Nadie puede ser tan inocente como para pensar que el azar ha originado lo que el presidente gallego calificó ayer en Madrid de malentendido. No hay que ser un lince para adivinar que detrás del choque de las dos locomotoras diesel del PP se esconde mucho más que un desencuentro puntual. Hasta en los fiordos escandinavos saben que las relaciones entre don Manuel y el anterior no fueron más allá de ser simplemente correctas. Pese a que lo nombró su sucesor; a que rompió la carta de dimisión, y a que lo atosigó para que se presentase a la reelección. Don Manuel discrepó de él en público y en privado. Y en muchas ocasiones no pudo disimular su irritación. Pero ahora la colisión ha sido, además de gigantesca, reiterativa. Y eso nos lleva a esbozar algunas interrogantes. ¿Por qué don Manuel plantea en este momento una cuestión que bien pudo evitar? Las respuestas pueden ser tantas como se quiera. Pero hay, al menos, tres posibilidades. Que el presidente gallego haya iniciado su propia estrategia en respuesta a los del birrete que cuestionan abiertamente su candidatura. Porque las encuestas les dicen que don Manuel arrastra un gran rechazo entre sus paisanos. Cabe pensar también que ha querido marcar el territorio ante la elaboración de las listas. O que ha tomado partido por los que siempre le sacaron las castañas del fuego; es decir por los señores que visten boina. Cualquier interpretación excepto la de que se trata de una malentendido. Porque los gallegos somos de una ingenuidad enfermiza. Pero no soplaflautas, que decía don Camilo José.