La lechera sin cuento

OPINIÓN

LA UNIÓN Europea, entre cuyos fieles devotos me cuento, tiene a veces algunos comportamientos que recuerdan el cuento de la lechera. Basta recordar, para disponer de un buen ejemplo, la Agenda de Lisboa del 2000, impulsada por los jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros, que establecía como objetivo convertir Europa en diez años en el espacio más competitivo del mundo. Han pasado cinco años y la leche derramada es mucha. Tanta que los objetivos previstos de empleo y de crecimiento se han abandonado por imposibles y han sido sustituidos por otros más humildes y, con todo, no fáciles de conseguir: 6 millones de empleos y un 3% de crecimiento anual. (En 2004 hemos crecido sólo el 2%, cuando Estados Unidos lo ha hecho por encima del 4%). No es cuestión de volver a cantar las maravillas de la Unión Europea. Sigue siendo la primera potencia comercial, con el mayor nivel educacional, el mejor mercado interno y el espacio de desarrollo más equilibrado. Pero, ¿y la lechera? Queremos crecer más que los demás, tener la política social más avanzada y erigirnos en vanguardia de la defensa medioambiental. ¿Es posible hacerlo todo al mismo tiempo? Si uno mira las caras de Francia y Alemania, esos motores, se da cuenta de las fuertes sacudidas que está sufriendo el cántaro (al margen de que ni se acuerden ya del Pacto de Estabilidad y Crecimiento que obligaba a todos y que, al parecer, sólo afectaba a Portugal). ¿Peligra el sueño europeo? Las cuentas de la lechera no podían continuar porque a medio camino se nos revelaron carentes de realismo. Pero ¿son realistas las de ahora simplemente porque son menos ambiciosas? ¿O aún seguiremos viendo las caras largas de Francia y Alemania, y quizá de otros países, por bastante tiempo? Del acierto en las respuestas depende que la leche del cántaro se pierda o sirva para apuntalar el vigente sueño de crecimiento y de logros sociales. La constitución europea será un gran paso en el buen camino. Porque la mejor forma de defender el modelo es luchar sacrificadamente por él, con tenacidad, inteligencia y realismo. Nadie nos va regalar nada. Estados Unidos, ese rival, parte siempre de este principio, y acierta. ¿Por qué no reconocerlo?