SOMOS el sexto país europeo en acogida de emigrantes. Es una buena noticia para una nación que hasta hace un cuarto de hora exportó mano de obra a la America hispana y a quienes antes que nosotros disfrutaron de la prosperidad económica en la vieja Europa que por fuerza tendrá, en el futuro anunciado, que ser mestiza o no será viable. El discurso de la emigración es complejo, y está permanentemente bajo sospecha. El contingente migratorio que busca en España su particular El Dorado, habla mayoritariamente en español y está muy próximo a nuestras raíces culturales, provienen de países empobrecidos, son ecuatorianos, colombianos, argentinos, peruanos, cubanos; el metro de Madrid es un crisol de acentos, todos los matices del español viajan en horas punta por la ciudad subterránea. Tambien los más pobres de la Europa que se desmembró con la caída del socialismo real trabajan en España en los oficios que ya no queremos los españoles. Son rumanos, ucranianos, rusos, obreros de la construcción, músicos de calle, camareros... y hay más, vienen de otro continente, de África, y trabajan el campo, los nuevos campesinos son del Magreb y de las tierras de más abajo del Sahara, senegaleses, nigerianos... todos ellos de la periferia europea, extracomunitarios. Europa está echando el cerrojo, España abriendo la mano, legalizando una situación de facto, negándose a practicar la política del avestruz como en el pasado cercano; son los nuevos españoles, emigrantes económicos que deben de encontrar entre nosotros, que conocemos bien el duro oficio de la emigración, la generosidad que antaño demandamos en Buenos Aires o La Habana, la que buscamos en Zúrich o en Colonia. Nada hay peor que la desmemoria, la amnesia histórica que provoca el olvido de quienes fuimos. O sí, peor es la xenofobia y el racismo, el desprecio del otro, el rechazo a quienes son diferentes. Y aquí y ahora hay demasiados síntomas racistas, explícitos en los análisis de la línea más dura del partido de la oposición, evidentes en sectores lumpen de deteminados colectivos jóvenes fáciles de manipular. Una leve sensación de inseguridad se atribuye a los emigrantes y va corriendo la bola, falsas informaciones de asaltos a fincas, de robos y secuestros se difunden desde determinadas esferas. Es una torpe estrategia. Urge aprender a convivir con nuestros nuevos vecinos, urge hacer pedagogía democrática para explicar el fenómeno migratorio y darles la bienvenida a nuestra casa, a este viejo país nómada y peregrino que debe devolver la visita que un día nos obligaron a hacer lejos de nuestra patria con un fardo inmenso de melancolía, fue nuestro viaje de ida. Y recordar que ellos, los que vinieron de lejos, también viajaron, ahora va a cumplirse el primer aniversario, en los trenes de la muerte. Los que nunca llegaron a destino alguno y que en Santa Eugenia, en Vallecas y en Atocha encontraron la muerte un infausto día de marzo. En estos días hay colas de ciudadanos de otros países para regular su estancia en España. Yo les doy la bienvenida y para todos ellos mi deseo de que encuentren en su nuevo destino el bienestar y la prosperidad que sus tierras de origen les han negado, y que nos ayuden a construir un nuevo concepto de España y de Europa, para que se realice el utópico sueño de una casa común donde quepamos todos.