¿FALLARON las alarmas o los sistemas antiincendio? ¿Fallaron los rociadores automáticos, que los cursis llaman sprinklers , o las medidas de autoprotección del edifico? Pues, nada de todo eso. Falla la desmesurada ambición y la codicia. Falla el incomprensible afán de batir marcas aún sabiendo que no nos conduzcen a ningún lugar. Falla el juicio para saber hasta dónde podemos llegar y de dónde no podemos pasar. Siempre ha de ocurrir algo grave para que nos obligue a reflexionar sobre cuestiones que afectan de forma trascendental a nuestras vidas. El incendio del edificio Windsor de Madrid, que llega sólo días después del hundimiento del barrio barcelonés del Carmel, nos ha atiborrado de incógnitas. Nos ha hecho preguntarnos hasta dónde es capaz de llegar el hombre, en sus alocados intentos de superación. ¿Debemos de seguir levantando moles inmensas hacia el cielo cuando somos incapaces de dominarlas? ¿Debemos de seguir construyendo edificios de 250 metros, cuando no podemos controlarlos más allá de los 50? ¿Podemos seguir horadando la tierra hasta distancias abismales para colocar lo que no queremos colocar en superficie? ¿Podemos seguir construyendo aparcamientos subterráneos de doce plantas? ¿Y torres de veinticinco pisos? ¿Necesitamos realmente este tipo de construcciones? Pero ahí estamos y ahí seguimos. Inmersos en una competición disparatada que lideran arquitectos, constructores y políticos. Tratando de batir récords absurdos. Con absoluta irresponsabilidad. Estamos compitiendo sin darnos cuenta de que ya de antemano somos los únicos perdedores. Pero seguimos en carrera. Luchando contra colosos que nosotros mismos creamos. Y sin aprender la lección que nos dejó hace ahora cuatro siglos un caballero loco que también creía poder ganarle a los gigantes.