Érase una vez Maragall

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

SÍ, hubo un día en que un político apellidado Maragall fue capaz de concitar general admiración. Su frescura intelectual, su capacidad para imaginar desafíos y hacerlos realidad, su lozanía para afirmarse como catalán de pura cepa y como español por encima de fronteras parroquiales, contribuyeron a convertir a aquel alcalde barcelonés en la más viva representación de esa Cataluña abierta e industriosa de la que todos nos sentimos orgullosos. De esa Cataluña que admiramos, con la misma generosidad con que admiran los hermanos que han tenido peor suerte a aquél de entre ellos que llega a brillar gracias a su inteligencia y a su esfuerzo. ¿Es este Maragall que ahora nos insulta el mismo con el que antes fuimos capaces de vibrar? No lo parece. Más bien cabría pensar que en algún momento entre 1992 y 1999 alguien ha conseguido darnos un cambiazo y colocarnos en el lugar de aquel entrañable Mister Máragall a este delirante Doctor Pásqual , que, día tras día, nos escandaliza y nos asombra. No sería la primera vez que se produce tan curiosísimo fenómeno. Tengo un amigo que sostiene con rigurosa seriedad que bajo el nombre de un conocido escritor de este país corren en realidad dos personas diferentes, que se manifiestan con cara común pero con discurso diferente según el lugar donde esté el púlpito y el público al que haya que colocarle los sermones. ¿Y si este Maragall que se muestra ahora obsesionado con las identidades, la selección del resto de España o los apellidos (nación, región) de las comunidades españolas, no fuera en realidad el que todos conocimos, sino otro diferente? Sí, ¿y si este president no resultase ser aquel Maragall, sino sólo lo que queda de él tras haber pasado por el nacionalitrón , máquina infernal que convierte con frecuencia a seres razonables en unos verdaderos pelagatos? Pues, quién, sino un pelagatos, es capaz de comparar la gran desgracia que les ha ocurrido a los pobres vecinos barceloneses del barrio del Carmel con la catástrofe inconmensurable provocada por el accidente del Prestige . Sé bien que la casa de cada uno es una parte inalienable de su mundo. E imagino, por eso, los sufrimientos sin cuento de las docenas de familias que de la noche a la mañana se han visto privados para siempre de los cientos de cosas (valiosas o no, que es a veces lo de menos) que uno va acumulando a lo largo de una vida. Pero comparar esa desgracia con el infierno que salió del vientre del Prestige es una forma de ofendernos a todos sin añadir, con ello, ningún tipo de consuelo a quienes hoy sufren una amputación intolerable. Sólo quien ya vive en otro mundo puede permitirse una frivolidad tan gratuita y tan irresponsable.