Alejandro Magno

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

FUE EL heredero de Aquiles, el nuevo Prometeo, el Heracles de los macedonios. En el cine, Colin Farrell casi lo destroza con su interpretación peripatética. En la Historia fue un coloso, más grande que el de Rodas. Visionario, fue el primer mestizo. Estratega genial, la línea oblicua que heredó de su padre ganó cincuenta batallas. Creía que lo heleno y lo oriental debían contagiarse como amantes. Fue rey con 20 años por el asesinato de su padre. Amó a un hombre, Efestión, y desposó a varias mujeres de los pueblos conquistados para tener un heredero que borrara fronteras. Murió joven, a la edad de Cristo: 33 años. No pudo legar su imperio. Sus generales se lo repartieron con la sed de las espadas, a hachazos. Su padre Filippo II le enseñó el frío que se siente en la cumbre del poder. Su madre, lo oscuro de los corazones y el silencio que mata de las serpientes. Sólo lo derrotó el paludismo. Fundó setenta ciudades con su nombre hasta donde el mundo conocido ya no tenía mapas. No le llegó con Babilonia. Se midió con los elefantes en la India sobre su caballo Bucéfalo. Hizo carreteras y canales de riego. A veces torcía la cabeza porque «escuchaba el viento como los antílopes». Sabía que la gloria, como el sol, nunca se apaga. cesar.casal@lavoz.es