Que nos vaya bien

OPINIÓN

LA CANDIDATURA de Madrid a los Juegos Olímpicos de 2012 empieza a decidirse estos días, con la visita de la comisión de evaluación del COI. El proyecto olímpico madrileño sale colocado en buena posición, ya que tiene prácticamente completos sus equipamientos deportivos, el planteamiento sobre la sostenibilidad de los nuevos proyectos y la propuesta de movilidad durante el evento parecen acertados, y cuenta con buenas infraestructuras. El nuevo aeropuerto, un edificio surgido del imaginario de Renzo Piano, se posa como un organismo alado sobre la árida planicie de Barajas. Es una de las capitales de Europa con más superficie verde por habitante, dispone de una oferta cultural y de ocio difícilmente mejorable y, lo más importante, ha conseguido un sólido acuerdo institucional y civil, en esa libre unidad de ánimo ante los retos que tantas veces ha caracterizado a nuestra sociedad desde la transición. Madrid, además, ha demostrado, en el año escaso transcurrido desde el 11-M, una capacidad de respuesta y superación ante la adversidad que ha valido para incrementar su saldo de afectos. La economía, por otro lado, sigue un impulso ascendente, porque ha aprovechado con éxito su esfuerzo y las energías centrípetas generadas por la capitalidad. Pero esa preeminencia de lo económico parece haber pisado en cierta medida el terreno del urbanismo. Mientras se expanden los números de la actividad monetaria, da la sensación de que falta algo, como la urdimbre de todos los madrides que concurren. El nuevo urbanismo ha creado espacios inmensos, pero no ha tenido el acierto de generar lugares, y así, como casi siempre ocurre en las megaciudades, aparece un problema intrínseco de la sociedad hipermoderna: la soledad del individuo, la incomunicación. Esa nueva ciudad construida podemos encontrarla en los llamados PAU, cuyo paradigma es Sanchinarro, un vasto plano al aire donde se ha trazado una red viaria cuyos huecos se van rellenando con bloques de viviendas. Los amplios espacios cumplen seguramente todos los estándares, pero se echa en falta esa proximidad de la esquina, la tienda, el café de cada mañana, que te permiten reconocer al vecino, al que camina por el otro lado de la calle. Sólo una línea de autobús y un centro comercial que, de momento, ha abortado la implantación del terciario menudo. Entre tal gigantismo, se añora la simplicidad de un mobiliario a escala del usuario, una estética de los mínimos, la trabazón de los cuadriláteros edificatorios con el conjunto y la imbricación de todo ello el ente urbano. Como Barcelona demostró en el 92, la Olimpiada debe valer para tramar la ciudad con hilo y buena mano de arquitectos e ingenieros, y la fórmula es la coordinación entre lo público y lo privado en la práctica urbanística. La ciudad, que es la mejor forma de asociación humana, es también un distribuidor de riqueza, porque a la exclusión se le ve la cara aunque no se quiera. Si el planeamiento ayuda creando espacios de relación, generando la proximidad en calles y plazas, y consigue que las infraestructuras sean puentes y corredores, y no barreras para la actividad humana, se han puesto las bases de la convivencia cotidiana.