SE LAMENTABA anteayer José Saramago de que la cultura se está convirtiendo en una mercancía. El Nóbel, que quizá sin darse cuenta hablaba invitado por una sociedad de recaudadores (la SGAE), ilustraba su discurso con este chascarrillo: «De seguir así, hasta Cervantes se acabará convirtiendo en un 'productor de contenidos' y el Quijote en un gran negocio, aunque él no se enterará nunca». Pues, no. Puede estar tranquilo Saramago que, afortunadamente, Cervantes sí se enteró. Su Quijote fue un exitazo nada más salir al mercado, algo que Saramago podrá comprobar con alivio cuando llegue a la segunda parte de la historia, donde el autor presume de ello constantemente (« los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran¿» Cap. III/2). En pocos meses se hicieron entonces siete ediciones del libro, y hasta varias ediciones piratas, lo que, como a la SGAE ahora, irritaba a Cervantes. No es que se considerase un simple «proveedor de contenidos», pero se interesaba también algo por las perras (era pobre). Aún ahora, el Quijote sigue siendo el libro más vendido de la literatura española, el bestseller por antonomasia. Me gusta que Saramago, que es comunista y es millonario, muestre desapego por el dinero, aunque uno no sepa si le viene más de lo primero o de lo segundo. Pero quizás la solución estaría en distinguir entre la creación literaria, que efectivamente es un acto desinteresado y hasta no sé si noble, y su difusión, que desgraciadamente precisa de una infraestructura que sólo se sostiene con el provecho. Y ni siquiera mucho provecho (el primer impresor, Gutenberg, fue ya el primero en arruinarse). En fin, que tiene razón Saramago: que la cultura es una mercancía. Sin ir más lejos, ahí están los libros del propio Saramago, que se venden en comercios especializados, en los kioscos y, sobre todo, en las grandes superficies, de lo cual hay que felicitarse. A mí, que no gano nada con ello, no me parece mal, así que me extraña que se lo parezca a él, que vive de eso. Por lo menos me queda el consuelo de que, ya que nunca he comprado ninguno de sus libros (me dicen que son excelentes), no soy responsable de la mercantilización de su obra. En ese sentido, supongo que este gran escritor y opinador algo más mediano me considerará un lector modélico.