Aunque la guerra se vista de seda...

OPINIÓN

LA RESISTENCIA iraquí está entreverada de terroristas, aventureros, políticos oportunistas, luchas tribales y conflictos religiosos. Pero eso no excluye que en Irak haya resistencia, ni nos da autoridad moral para exigirle a los luchadores de Faluya la pureza de intenciones que nunca nos hemos exigido por aquí. ¿Cuántos bandoleros hicieron carrera en nuestra Guerra de la Independencia? ¿Cuántos absolutistas utilizaron la lucha contra Napoleón para regresar al funesto dictador que iba a garantizar sus privilegios? ¿Estaba Wellington al servicio de España y de su libertad, o prestaba sus servicios al Imperio Británico? Cada guerra tiene mil causas y objetivos, y todas confluyen en un balance común que nos obliga a optar entre lo que es justo o injusto. Y por eso digo que, a pesar de la propaganda, el ejército americano no se está cubriendo de gloria. En modo alguno defenderé que llamemos resistentes y patriotas a los suicidas del coche bomba. Pero tampoco deberíamos llamar liberadores ni demócratas, ni cooperantes o pacificadores, a dos ejércitos superpotentes que, burlando la ley y el orden internacional, y haciendo caso omiso de todas las advertencias, se lanzaron a una guerra cruel e interminable, justificada con mentiras, con el sólo objetivo de saquear el petróleo y ganar posiciones estratégicas. Por eso veo las elecciones de Irak en una doble perspectiva: como un paso necesario, que debe resultar lo mejor posible, y como una burla macabra, que, sin más argumento que los cazas y los carros de combate, legitima sin pudor a un Gobierno títere. Con la teoría del mal menor en la mano no queda más remedio que dar por buenos estos comicios, afianzar un poder odiado por la mayoría del pueblo iraquí, y crear un simulacro de paz y orden que nos permita escapar del avispero. Pero si hacemos caso a la lección de la historia, no queda más remedio que denunciar la horrenda carnicería desatada por tres funestos halcones que, deseosos de hacerse un hueco en la crónica del siglo XXI, volvieron a confiar a la guerra el buen gobierno del mundo. La potencia exorbitante de Occidente puede escribir a su gusto la historia de Irak, ponerle nombres a los bandos de la guerra, y clasificar a sus contendientes en terroristas y militares. Pero la realidad es tozuda y el tiempo inapelable, y pronto tendremos que admitir que lo que hemos llevado a Irak no fue la paz y la libertad democrática, sino la guerra civil, la miseria, la muerte, la división social y la dictadura. La crónica dirá lo que queramos que diga, justificando esta huida hacia delante. Pero nunca debemos olvidar que aunque la guerra se vista de seda, si guerra era, guerra se queda.