Dios y el Diablo en la tierra de nadie

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

26 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

BOB DYLAN termina el primer volumen de sus Crónicas autobiográficas (Simon&Schuster, Londres, 2004) con unas líneas que no sonarán extrañas a los oídos gallegos: «Hay una cosa segura, y es que el mundo no está gobernado por Dios, ni tampoco por el Diablo». Dylan actúo hace unos años delante del Papa, de este Papa, de modo que ha de tener una idea de lo que dice sobre el mundo, el Diablo y Dios, colocados a tanta distancia entre los tres como para que cada cual se mantenga ensimismado en su estela majestuosa o pícara. Si Dios, el Diablo y el mundo no están para interferencias, la especie humana parece que sí lo está, e incluso muy dispuesta a volver, como la mula al trigo, a las viejas crispaciones, a los ajados espasmos y a todo un catálogo de impertinencias cuyo único efecto contrastado por la historia es una buena manda de tribulaciones. Alguien cercano al PP, según dicen quienes suponen tal cosa, ha llevado al Vaticano a apostrofar al Gobierno español y acusarlo de gobernar como si no fuera el Sacro Colegio Cardenalicio, cosa que no es ni parece situarse en el Norte de gobierno alguno. Por otro lado, el PP Europeo, la Internacional Popular, que hoy es democristiana y mañana Dios dirá, recibe entre sus filas y grados al Partido de la Justicia y Desarrollo, exitosa versión turca de un islamismo moderado, casi laico, panlaico o paralaico, organizado a la medida de la memoria de Kemal Ataturk, hombre del que algo pueden aprender los europeos para bien y para mal, y el único entre los musulmanes que supo poner los relojes del Islam en su hora y en el tiempo. A él se debe la construcción de una inteligencia laica como custodio bifronte de una ideología religiosa que sin el sosiego de ese bastón o apoyo tiende al alboroto y a la espada. Se trata, como es lógico, de una cuestión de influencias. Se invoca a Dios, por un lado, para poner a caldo a un gobierno en el brete de conducir a buen puerto a una sociedad laica, cada día más laica -según el Vaticano-, si bien no tan laica como para oír y recibir con indiferencia tanta bronca vaticana, y ni siquiera tan sumamente laica como habría de ser para oír con un oído como quien oye llover, y distinguir con el otro las voces de los ecos. En cuanto al otro lado, a la vertiente turca, quiero decir, de este asunto, se invoca la necesidad de engatusar al Diablo que, como sabemos, tampoco es malo. En las tierras de nadie hay que estar a las duras y a las maduras, hay que nadar y guardar la ropa, y saber poner la venda antes que la herida, y dominar el arte de inventar la herida en el caso de superávit de vendas, sin perder nunca de vista la posibilidad de que el Diablo, en su siesta más profunda, mate moscas con el rabo. Y esta es la posibilidad que más inquieta a Borrell, presidente del Parlamento Europeo y hombre tan laico como para señalar que «los referendos, ya se sabe, los carga el Diablo». ¿Quién entre sus cercanos laicos le habrá puesto en la advertencia de semejante pollada? Lean ustedes a Dylan, escuchen sus canciones o, mejor, no hagan ni esperen nada.