La primera tempestad

OPINIÓN

LO QUE SUCEDIÓ en Madrid durante la manifestación convocada por la Asociación de Víctimas contra el Terrorismo era más que previsible. Llevamos varios años insuflando demagogia y partidismo al discurso antiterrorista, insinuando complicidades en todos los que no asumen un patrón único de comportamiento, y haciendo de la Ley del Talión la única respuesta considerada moral y eficiente contra la violencia. Por eso tiene una lógica aplastante que, ante la sola conjetura de una conversación informativa entre Sozialista Abertzaleak y el Gobierno, que carece de la bendición de los administradores de patentes patrióticas, se haya decidido resolver el problema a base de empujones y bastonazos. La filosofía que anima estas convocatorias tiene una base maniquea que impide un juicio circunstancial y objetivo de los problemas y una respuesta adecuada en clave de gobierno. La hipervaloración social de las víctimas, propuestas como un referente ético y de calidad ciudadana, transfiere a las masas -anónimas y heterogéneas- la función legitimadora de las actuaciones. La confusión de papeles entre los manifestantes y los gobernantes, pensada para difuminar responsabilidades, convierte a las autoridades en acólitos de una turba de salvadores que crece de forma incesante. Y la demagogia rampante, que trata de pescar votos en el río revuelto de la indignación, nos presenta como graves e irresolubles problemas algunos de los grandes avances del Estado de derecho. Si es un escándalo excarcelar a un preso cumplido, si el juez gana su prestigio buscando artimañas para soslayar la ley, si los fiscales acusan o hacen la vista gorda al socaire de las corrientes de opinión, si la alarma social es esencial en la interpretación de la norma, si todo el mundo está de acuerdo en que los tribunales son auxiliares cualificados de la acción policial y si el derecho procesal se usa para castigar sin sentencia, un Gobierno que se propone «trabajar por la esperanza» merece ser apaleado. La presencia de Bono y Sevilla en la manifestación del sábado era un intento de estar al mismo tiempo en la procesión de la racionalidad, iniciada por Zapatero, y en las campanas de la demagogia, repicadas en la calle por una multitud de extraña composición. Y no me cabe ninguna duda de que los palos dados a Bono y los vítores ofrecidos a Acebes representan la culminación de un proceso de instrumentación de la lucha antiterrorista que puede darnos muchos disgustos y cerrarnos muchos caminos. Porque gobernar no es sinónimo de popularidad a corto plazo. Y todo parece indicar que está llegando el momento de reponer el principio de que si se siembran vientos se recogen tempestades.