PARE ENTENDER la política internacional no hay que mirar sólo a los poderosos, sino también a los oprimidos, a las gentes sin libertad que sufren el anonimato de la opresión en silencio. Apenas los conocemos, no salen en nuestras televisiones. Nuestra caja tonta espera las recetas de los sabios, y mientras tanto se ocupa del adoctrinamiento electoral, los fetiches sexuales para insatisfechos y la inoculación de odio preventivo y retrospectivo. No reporta sobre la manipulación de los norcoreanos, ni filma la postración femenina en las dictaduras árabes, ni documenta el dolor de las cárceles cubanas, la angustia triste de los iraníes, la desesperanza en Siria o la vida serializada de los condenados por las dictaduras de la tierra. Son los grandes ausentes, las sombras del apagón mediático, los olvidados de nuestras conciencias. Informar de los países dictatoriales es tarea arriesgada, heroica, casi imposible. Hacerlo de una democracia es mucho más viable y gratificante. En España se ha hecho una foto fija sobre Estados Unidos, en la que se le atribuyen todos los males del mundo. No hay memoria histórica sobre del papel internacional de las dictaduras socialistas y comunistas; se pasa de largo sobre el actual colonialismo francés y de soslayo por la trayectoria de los alemanes. La mirada asimétrica olvida que Estados Unidos ha sido el principal agente histórico de la democracia internacional en el Siglo XX. Sobre tal distorsión se han asentado los perjuicios de la opinión pública española ante la amenaza de Sadam Huseín y de otros dictadores implacables. Para la izquierda y los pacifistas, políticamente no existían los veinticuatro millones de iraquíes que necesitaban liberarse del cruel dictador. Pensaban que se le echaría con diplomacia, diálogo y talante. Es muy duro afrontar el dilema entre los sufrimientos y muertes de una guerra y los de una dictadura criminal. Pero debiera haberse asumido sin maniqueismos. Los condenados de la historia necesitan del apoyo exterior para alcanzar la libertad. No les basta con sus propias fuerzas; es tan férreo el control de sus autócratas que necesitan inexcusablemente el apoyo externo, lo que se ha llamado la injerencia humanitaria, el internacionalismo democrático. Y ha sido Bush quien se ha comprometido a encabezar una alianza mundial por la libertad. Su doctrina, aparentemente idealista, parte del realismo estratégico, de la experiencia del 11-S y del análisis del terrorismo como desviación manipulada de las frustraciones de los pueblos sin libertad. No basta con la acción policial contra el terror, la seguridad exige el cambio de los regímenes autoritarios. Es tan grande el riesgo de un nuevo atentado de alcance multitudinario, que la determinación es insoslayable. De unirse las democracias, dispuestas a ejercer tanto la presión como la fuerza, los olvidados de la tierra podrán decidir su destino y, como nosotros, aspirar a vivir la aventura de la libertad.