EL USO del preservativo es inmoral. Lo que hay que hacer es abstenerse. Ocurre como en todo. La abstención es el remedio a cualquier mal. Desde el estrés laboral a las muertes en carretera. Si no trabajásemos ni viajásemos correríamos menos riesgos. Abstenerse es incluso la solución ideal para no hacer el ridículo. No opinas de lo que no te compete y no te pones en evidencia y te conviertes en el hazmerreír. Como viene haciendo la Iglesia católica con asuntos como el uso del preservativo, la homosexualidad, el aborto o el divorcio. Asuntos, por cierto, impropios de suscitar un debate, ni tan siquiera una reflexión seria, en una institución y una sociedad que hayan superado la ignorancia y los fundamentalismos propios de la Edad Media. Pero aquí estamos en esas. Instalados en el pasado. Viendo como la institución católica se mantiene en el inmovilismo. Sin inmutarse, pese al paso del tiempo. Diciendo que el uso del preservativo es inmoral. Como los de la acera de enfrente dicen que la transfusión de sangre también es inmoral. Sin querer saber que las relaciones sexuales son una práctica no sólo habitual, sino también deseable. Sin querer enterarse que 43.000 jóvenes españolas menores de 21 años quedan embarazadas cada año contra su deseo. Y que 42 millones de personas padecen el sida en el mundo. La Iglesia católica está preocupadísima por el uso del preservativo. No parece estarlo en cambio porque sólo el 14% de los jóvenes españoles se declare católico. Que es la mitad de lo que lo hacía tres años antes. Y puede que el doble de lo que lo hará a la vuelta de la esquina. Porque esa es la cosecha que se recoge después de lanzar piedras contra tu propio tejado. «El que lanza una piedra contra lo alto, la recibirá sobre su cabeza». Lo dice la Biblia. Pero no se han enterado.