A TORRE VIXÍA
21 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.NO HAY un debate más estúpido, ni moralmente más execrable, que éste que se traen los obispos con el uso del condón. Hace ya muchas décadas que la costumbre del pueblo de Dios dio por superada tan miserable y enfermiza preocupación, y ya empieza a tocar las narices que, en medio de guerras y epidemias sin cuento, nos vengan a contar sus frustraciones como si fuesen palabras de Dios. Si hacemos excepción de las congregaciones laicas, que están más preocupadas por agradar al Papa que a Dios, no creo que haya un solo cristiano que se tome en serio las sandeces morales que se marca la jerarquía a propósito de un artilugio tan simple y tan neutro como es un condón. Tampoco creo que haya un solo padre católico que no llame a capítulo a sus hijos adolescentes para explicarle qué es un condón, y para hacerle responsable advertencia de que, en materia de profilaxis sexual, no deben hacerle caso ni al Papa ni a Fraga. Y algo debe de pasar en la Iglesia cuando los pueblos más católicos son los que menos hijos le dan al cielo. La cuestión es tan banal, y degrada de tal manera a quienes dilapidan en ella su tiempo y su autoridad, que estamos obligados a preguntarnos por las razones que llevan al Vaticano a mantener su error con tanta contumacia. Algo debe haber para que unos señores que hicieron sus doctorados en Salamanca y en Roma, que tienen la experiencia vital del confesonario, y que conocen la angustia que generan en las almas cándidas, insistan en mantener un debate moral que no tiene más enjundia que una partida de parchís. Y por eso he llegado a la dramática conclusión de que toda la doctrina del condón no es más que una forma indecente de mantener el principio de autoridad y la tutela moral de la sociedad, aunque para ello se vean obligados a interpretar el mundo a base de sorites, como si un chaval que se pone un condón estuviese provocando la crisis institucional del matrimonio, poniendo los cimientos de un aborto, y haciendo desprecio de la dignidad humana. Para la Iglesia es muy triste ver a su jerarquía enzarzada en problemas bizantinos, mientras el mundo busca por su cuenta la reconstrucción de sus referentes morales. También es doloroso ver cómo los cristianos escuchamos sus monsergas (no sus sermones) con la inevitable sensación de que ya está cada loco con su tema. Y, aunque es verdad que la Iglesia tiene miles de sacerdotes y religiosas que dan testimonio de Dios en medio de la miseria y la muerte, también es cierto que esos misioneros reparten miles de condones con las bolsas de comida y medicamentos. Porque la moral siempre florece en medio de la vida, y no en la selva de silogismos que engendra la frustración.