Sólo un recurso: la esperanza

OPINIÓN

19 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

CUANDO un presidente de Gobierno concede una entrevista a la televisión del Estado, es por una de estas dos razones: porque necesita dar una información, o porque necesita lanzar un mensaje (normalmente de tranquilidad) a la población o a algún sector determinado. A esas horas de la noche, este cronista debía estar un poco nublado, porque no consiguió percibir clara la intención informativa. Lo que más se pareció a una noticia de alcance fue la confirmación de que Bush no le ha llamado y la insinuación de que, si la ocasión se presenta, no rechazaría un contacto con la banda terrorista ETA: «Si hay una mínima oportunidad, lo intentaré». En el resto de la conversación, la entrevista ha sido un reflejo del clima político y mediático de este país. Es decir, mucho Euskadi, mucho nacionalismo, mucho Ibarretxe, algo de Europa y Marruecos y muy bellas palabras y frases, con dos únicas y grandes metas para su etapa de gobierno: fin de la violencia y tiempo de estabilidad territorial. Atención a ambas, porque muestran por donde anda el presidente: por las alturas, en la arquitectura del Estado, en el cierre de las asignaturas pendientes de la transición. La gran pregunta de la noche, la que hizo José Antich («¿Dónde estamos?»), quedó sin respuesta. Al menos, no consiguió transmitir un mapa de situación, y sólo un método de gobierno, que sigue consistiendo en el diálogo, en la confianza en sus interlocutores y en la atracción de las reformas. Cuando se llegó al final de la entrevista, casi no se había hablado de la gobernación de los asuntos diarios. Tuvieron que pasar 50 minutos de conversación para que apareciera en pantalla la economía; 55, para que se pronunciara la palabra «vivienda»; y 59, para asomarnos a las grandes líneas de la política fiscal que se está cocinando. La España real fue «visionada» muy de pasada, telegráficamente, como si fuera un asunto menor -y quizá lo sea- ante los grandes desafíos que el señor Zapatero tiene encima de la mesa. De todas formas, he visto bastante bien al presidente. Consigue ser aburrido (cualidad de la democracia serena), a pesar de la pasión que levantan los temas. Aparenta serenidad, y eso ya es mucho en estos tiempos de incertidumbre. Ha aprendido a sortear las preguntas sin mojarse. Tiene un saludable talante de contar con todos, desde Carod y quizá desde Otegi a Mariano Rajoy, en un empeño que a muchos nos parece imposible. Tiene mensajes de confianza para todos; quiero decir para todos los que dio tiempo a mencionar. Desborda optimismo, bajo la disculpa de que los autores de la transición lo tenían peor. Y ha incorporado una tercera palabra al «diálogo» y el «talante»: la palabra esperanza. Es su última aportación.