LA SUPERSTICIÓN no es una tontería: realmente existen las palabras mágicas, los ensalmos, los conjuros que convierten a un guerrero en invencible, a un pobre en rico, los que vuelven invulnerable, los que sanan. Hoy, por ejemplo, en un país remoto, un hombre cualquiera pronunciará una fórmula mágica y eso le hará el hombre más poderoso del mundo. No es un cuento oriental, sino más bien occidental: ese hombre va a ser presidente de los Estados Unidos. La prensa española llama a esto «toma de posesión». Es una traducción libre, los norteamericanos le llaman inauguration , inauguración, como si se tratase de una función teatral (toda la política tiene algo de teatro, en el buen y en el mal sentido). O mejor: como la inauguración de un comercio, de un negocio. Estados Unidos lo es. Siempre lo fue, y los norteamericanos están orgullosos de este origen, de que su país naciese de lo que no era sino un conflicto fiscal: la revuelta del té de Boston (hubo también algo de politiqueo: los historiadores creen que el té estaba en realidad más barato incluso con el impuesto. Hoy está más caro que en Inglaterra, pero eso ya da igual). Consecuente con estos comienzos, el primer líder de Estados Unidos fue el hombre más rico del país entonces, el plantador George Washington; y se le dio un cargo que hasta entonces nunca había existido, el de presidente (fue la primera vez que se le dio ese nombre, también de resonancias empresariales). Al jurar su cargo en la primera toma de posesión, Washington se comprometió a defender la Constitución «lo mejor que pueda» («to the best of my ability») , tal y como decía el texto constitucional, pero añadió al final algo que no estaba escrito: «Y que Dios me ayude». A los norteamericanos les gusta esta anécdota, a mí siempre me ha chocado: pronunciar esa frase no prevista era ya la primera vulneración de su juramento. Washington no era sólo el hombre más rico, era también el comandante en jefe del Ejército. La capital del país acabó llamándose como él, y también un estado de la Unión, las monedas mostraban su efigie (aún la muestran, y los billetes). Todo este poder acumulado es el que se pasa intacto en cada nuevo relevo presidencial. Bastan esas palabras mágicas para ello. «Y que Dios me ayude», dirá Bush hoy en la ciudad que lleva el nombre de Washington. Que Dios nos ayude también a nosotros.