MIENTRAS aquí algunos nos quejamos del lamentable show que ha montado el PNV, al que hay que añadir el rosario de hipotéticos planes para romper la unidad de la patria por parte de quienes rastrean en el autismo creciente de ese partido y afirman ver síntomas de estrategias de destrucción masiva en Cataluña y País Vasco (servidora, desde Barcelona, se apunta a la afirmación de Maragall en el sentido de que nada tenemos que ver catalanes y vascos y que deje de utilizarnos Ibarretxe), en Filadelfia (EE.?UU.) el premio Nobel de Economía Daniel Kahneman ha convocado a neuropsicólogos en una conferencia de la Asociación Americana de Economistas para ver cómo pueden poner en marcha un barómetro de la felicidad que pudiera medir ese estado emocional como se hace con el PIB. Al parecer los sabios han determinado que pese al gran avance de la renta per cápita y del bienestar desde la Segunda Guerra Mundial, los ciudadanos no son felices y eso incide en la economía de un país. Se ha demostrado que en ciudades como New York o Washington familias de renta alta o muy alta son desdichadas y el hecho de vivir abocados al trabajo siguiendo el dictado calvinista que dicen que es el responsable de la superioridad de Estados Unidos frente a Europa, no los libera de la actual insatisfacción. Si lo dice un premio Nobel, no hay discusión posible: tener mucho dinero no hace la felicidad y con ello parecería que se viene abajo la organización exclusivamente utilitaria de la vida, e incluso podríamos asistir al entierro de Mickey Mouse. Siguiendo la noticia, para estos científicos, gracias a los avances tecnológicos, se podrá medir muy pronto nuestro grado de felicidad por un simple electroencefalograma sin tener que consultarnos, ya que las actividades cerebrales hablarán por nosotros y así sabrán si nos hace más felices un billete de los grandes o una mirada de alguien de otro sexo (del mismo sexo en el caso de homosexuales y lesbianas, claro). Para la infelicidad de unos cuantos que son muchos, en el nuevo estatuto que se está redactando en Cataluña se discute la posibilidad de incluir un punto que diga, más o menos, que hay que crear las condiciones para que los catalanes puedan alcanzar la felicidad. Lo veo venir: si el índice de felicidad catalana es mayor que la extremeña (ejemplo) ya tenemos tema para tertulianos: hasta en esto seremos separatistas.