En el andén

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

GALICIA continúa esperando en el andén. Los gallegos estamos, acaso más resignados cada día, aguardando que por las vías del progreso y la modernidad, circule el tren que nos va a llevar a un futuro que nadie ha diseñado. Mantengo que colectivamente estamos condenados a ser eternamente periféricos, con todo lo que ello comporta, y cada día que pasa me ratifico más en la idea que algunos juzgan derrotista. He vuelto a leer el discurso que pronunció el editor de este diario, Santiago Rey, en el acto de entrega del ultimo premio Fernández Latorre y que tituló El último tren . Las reflexiones que la lectura me produjo hacen que me instale en un moderado pesimismo informado. Galicia no tiene un plan, ni hay un plan para Galicia. Disipado el espejismo de una naciente sociedad civil articulada sobre la tragedia del Prestige , y la respuesta ciudadana que provocó, volvemos como país a tener la autoestima por los suelos. Volvemos a estar en el andén de la historia, viendo pasar todos los últimos trenes, esperando a que transcurra una docena de años para que el AVE, todo un icono de nuestras párvulas reivindicaciones, llegue a nuestras ciudades, más de veinte años después de que lo hiciera a Sevilla. Y como hay que desmentir al tango y escribir que veinte años son demasiados años, son tres generaciones, cuatro lustros de desesperanza, un largo me lo fiáis para un futuro demasiado invertebrado, hay que exigir, como en el discurso citado, que se cumplan los plazos prometidos, aun más, que se acorten los plazos prometidos porque Galicia no puede ni quiere esperar. Nos hace falta un maquinista que tire de esta locomotora, urge dar con él, confiarle la parte más noble de nuestros sueños, ahora que vivimos un tiempo de mudanza y de incertidumbres. No hay acuerdos unánimes, los tiempos están cambiando y me aseguran quienes lo sospechan que, entre dos aguas, el mundo del dinero y de los negocios, los mundos de la política y del poder, han comenzado a navegar en un submarino que todavía no ha emergido. La deuda histórica tiene con Galicia un incobrable saldo negativo que no se va a liquidar nunca por muchas rebajas que estemos dispuestos a realizar. Es una deuda atávica, llena de sangrías migratorias que escribieron la crónica americana y europea a lo largo del pasado siglo. Una crónica de sudor y de abnegación, esa misma abnegación que nos adjudicaron como un tópico que en el ahora más próximo nos negamos, radical y visceralmente, a asumir. Es dilatada la espera, mucho tiempo el transcurrido, la vieja Santa Fe sigue haciendo su camino, sus lentos y pesados viajes a ninguna parte, cuando ni siquiera existe la entrañable madrileña estación del Norte, reconvertida en un centro de ocio multitiendas, lleno de salas de cine, que no esperan ningún tren. Es una estación sin andenes y Galicia nuestra estación Termini, una metáfora acaso de las historias que nos han contado los políticos, todos los políticos, la oposición turnista y el poder inamovible para dejarnos permanentemente en el andén para ver pasar sin subirnos a él, el último de todos los trenes.