Diez horas en urgencias

OPINIÓN

ALGO tan trivial como la gripe está poniendo en jaque a los servicios de urgencias hospitalarias del país. La responsabilidad caerá en los mismos de siempre, en los profesionales, y esto resulta a todas luces injusto, porque no son más que uno de los pilares del sistema: no podemos olvidarnos ni del usuario ni del gestor. Seamos serios, estamos hablando de la humanización y de la sostenibilidad de nuestro sistema sanitario, que no depende únicamente -ni mucho menos- de la voluntad y de las actitudes de los profesionales sanitarios: hay que tener en cuenta las limitaciones con las que cuenta la profesión. Por norma, situaciones como ésta son utilizadas como arma arrojadiza entre los partidos políticos, una muestra más de la falta de altura moral de nuestros dirigentes. Es necesario cambiar esta mentalidad. Los factores organizativos y estructurales y el ambiente social en el que desarrollan su actividad son elementos importantísimos. Humanizar la asistencia al enfermo es un asunto a la vez de personas y de estructuras. Yo les recomendaría al presidente de la Xunta, a su conselleiro de Sanidade y en general a todos los gestores que se pasaran diez horas acompañando a un familiar en cualquiera de los servicios de urgencias de nuestra comunidad, sentados en esas duras sillas de madera, sin privilegios de ningún tipo. Al profesional hay que mimarlo. A los ciudadanos hay que educarnos en la correcta utilización de los recursos. Olvidar esto y reforzar sólo las urgencias, dejando desprotegidos los centros de atención primaria, es perjudicial para el sistema y para la educación de la población, termina generando un efecto llamada. Hay que poner coto a la atracción que genera el hospital, que tiene más recursos diagnósticos, más especialistas, que en apenas unas horas te dicen lo que te pasa y que tiene una puerta de entrada que carece de barrera. Mientras tanto, pasar esas diez horas sentado en esa dura silla de madera, con la angustia y la desesperación de todo aquel que espera sin saber muy bien qué le deparará el futuro inmediato, puede ayudarnos a mirar con pasión la existencia, a ver las cosas como algo milagroso, a apreciar aún más a las personas. Sin la sorpresa por la realidad, el ser humano se queda bloqueado en el puro nihilismo. Como escribió el genial Pío Baroja, «el hombre: un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo».