EL ROSARIO de propuestas que el pasado lunes formuló Rajoy, con el supuesto objetivo de frenar el Plan Ibarretxe, se parece bastante al parto de los montes. Después de la insistente campaña que los dirigentes y portavoces mediáticos del PP han desatado contra el Gobierno, acusándolo de permanecer pasivo ante el desafío del lendakari, cabía esperar -en realidad, exigir- que el presidente del PP expusiera ante el país una alternativa coherente, distinta a la del Gobierno, con la que poder hacer frente eficazmente a la difícil situación política creada por la reciente decisión del Parlamento vasco. Pero mucho me temo que, en vez de eso, el bueno de Mariano se haya limitado a parir un ratón. En efecto, teniendo en cuenta la expectación creada y la campaña política realizada, comprenderá Rajoy que no es serio que la supuesta alternativa del PP se reduzca a proponer que el Gobierno recurra el Plan Ibarretxe ante el Tribunal Constitucional -iniciativa que hoy tiene nulas posibilidades de prosperar-, o a exigir que se reúna el Senado o la Diputación Permanente en vez del Pleno del Congreso de los Diputados como propone el Ejecutivo. En cuanto a la petición de comparecencia de varios ministros en el Parlamento, es evidente que tal solicitud tiene más que ver con una estrategia de deterioro del Gobierno que con la necesidad de contribuir lealmente a la superación del desafío lanzado por el nacionalismo vasco. Es verdad que Rajoy ha tenido la cordura de no respaldar la propuesta de suspensión de la autonomía vasca realizada por Fraga, ni los delirios de Mayor Oreja, obsesionado en relacionar el Plan Ibarretxe con la reforma del Estatuto de Cataluña y a ETA con todo lo que ocurre en España; pero lo es también que, por las mismas razones que le aconsejaron esa prudente decisión, Rajoy está obligado a no confundir el enemigo y, por tanto, a terminar con la injustificable cruzada que su partido ha iniciado contra el Gobierno con motivo de la aprobación del Plan Ibarretxe por el Parlamento vasco. Realizar análisis apocalípticos, anunciar catástrofes sin fin y acusar al Gobierno de inacción, cuando se carece de un proyecto alternativo, es una actitud inadmisible en un partido que aspira a ser de nuevo alternativa de gobierno. En cualquier caso, Mariano Rajoy está formalmente emplazado a explicar, sin trucos ni demagogia, en qué se diferencia realmente su posición de la que sostiene el Gobierno. Porque si no lo hace, estará transmitiendo la penosa sensación de que, incapaz de asentar su liderazgo y de definir una línea de oposición coherente, está dispuesto a todo, incluida la utilización del Plan Ibarretxe, con el único fin de desgastar y desestabilizar al Gobierno en un momento muy delicado para el país. Y semejante peripecia, más pronto que tarde, el PP la pagará muy cara.