¿EN QUÉ se diferencia el actual Juan Ignacio de Juana Chaos del vil asesino que hace 18 años ingresó en prisión? ¿En qué le ha favorecido la labor de reintegración realizada en su largo periplo carcelario? ¿Se ha mostrado arrepentido, en algún momento? ¿Es este De Juana Chaos menos sanguinario que aquel que asesinó a 25 personas? Eso es lo que hay que saber. Si el De Juana Chaos que ayer declaró ante la Audiencia Nacional es diferente al que se le impuso una sentencia de 3.000 años de prisión. Y si no lo es, que no lo es, si el feroz asesino sigue pensando lo mismo, que sigue, pues no es necesario armar la que se armó. Porque el escándalo que se ha organizado en los últimos días carece de sentido. ¿O a alguien se le pasó por la cabeza realmente que pensando lo que piensa y diciendo lo que dice, pudiera este tipejo quedar en libertad? Porque la generalidad de los parroquianos de este país no podemos hacer gala de grandes conocimientos jurídicos, pero sí de sentido común. Y el sentido común nos dice que un asesino tan salvaje y cruel no podía irse de txiquitos tras haber pagado con ocho meses de cárcel cada una de sus víctimas. Por mucho que nos hablen del antiguo Código Penal, de legislación obsoleta y de la potestad de las leyes. Y por mucho que nos aburran con la monserga del respeto a la independencia judicial. Toda la independencia que se quiera. Pero De Juana Chaos no podía volver a la calle con una sentencia de 3.000 años encima. Ahora parece que la Audiencia Nacional hubiera hecho una heroicidad al evitar que el etarra quedara en libertad. Y que debamos de estarle eternamente agradecidos. Pero no nos engañemos. No ha hecho más que cumplir con lo que se le pide. Que es que nos libre de este tipo de alimañas. Porque de no ser así, esto no sería un país. Sería la selva.