Hikikomori

| MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO |

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

07 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

DESCRIBAMOS primero el fenómeno: son jóvenes japoneses de entre catorce y treinta años, pertenecientes a clases medias o medias altas, sin problemas previos de rendimiento académico, pero apenas amigos, casi siempre hijos únicos, que duermen de día y que durante la noche permanecen jugando con la Play-Station o usando su ordenador, grabadoras, DVD, en fin, lo que se ha dado en llamar los gadgets de la ciencia. Y eso, ¿dónde? En sus habitaciones, en las que permanecen sin asearse, y a cuya puerta los padres les dejan la comida diaria. Y eso, ¿durante cuánto tiempo? De varios meses a cinco o seis años. Y, ¿cuántos? Las cifras llegan al millón doscientos mil, o sea, uno de cada diez jóvenes, en una sociedad donde la vergüenza conlleva el ocultar toda posible conducta desviada de la norma. Contra lo que podría parecer, a la mayoría de los hikikomori no se les puede diagnosticar ninguna enfermedad mental. Se avanzan posibles causas de orden social, como el descenso de la natalidad, la ausencia paterna casi total por las «agendas apretadísimas» de sus padres -lo que hace que la soledad haya sido la única compañera de estos jóvenes cuando eran niños, abocándolos a relacionarse exclusivamente con los objetos tecnológicos-, el anonimato de los urbanitas -sobre todo, de aquéllos que viven en megalópolis-, la ruptura de los vínculos y la brecha generacional. Igualmente, la extrema competitividad de la sociedad japonesa, donde se comienza realizando pruebas de selección para el ingreso en las mejores guarderías, luego para el mejor parvulario, y así sucesivamente. En esta lógica, los efectos de segregación son masivos e inevitables. El fenómeno hikikomori se relaciona también con la creciente ola de suicidios colectivos que jóvenes japoneses planifican a través de Internet. Dicho esto, ¿qué ocurre con estos jóvenes? Están solos en sus habitaciones -como los viejos eremitas-, pero Internet los mantiene conectados en un vínculo horizontal inter pares. Dicho de otra manera: estos sujetos están separados, recluidos, pero no desvinculados totalmente. Ahora bien, ¿por qué la Red? Porque en la Red siempre hay alguien al otro lado, o sea, siempre hay alguien que contesta. Es necesario resaltar esto porque se arguye como causa -dicho ha quedado más arriba- que los urbanitas padecen de incomunicación. Pero, atentos, porque resulta que la Red viene a restañar lo mismo que ha roto, ya que si hoy se cena sin que nadie pueda hablar porque la voz que interesa es la de la televisión, es también por vía de una pantalla donde estos chicos encuentran al otro con quien hablar. Pero en Japón ocurre un hecho esencial: la educación de los hijos se considera competencia de las madres y el padre está obligado a decir siempre, o casi siempre, sí a lo que los hijos piden. Pero lo curioso no queda aquí: a pesar de ese dar y dar del padre, existe un término en japonés, amaeru, que designa la posición de aquél que pide, recibe, es mimado y objeto de benevolencia y, sin embargo, queda insatisfecho. Es revelador para un psicoanalista el término de insatisfacción, porque nos indica a nosotros, los psicoanalistas, entre otras cosas, que cuanto más se atiende la demanda, más se mata el deseo. Es decir, que el sujeto que obtiene siempre lo que pide sería el que paradójicamente estaría más insatisfecho, y esto ya no es privativo de la sociedad japonesa, sino de todas las sociedades llamadas del bienestar, lo que hace que nuestros adolescentes y jóvenes padezcan de una anorexia del deseo. Tomemos ahora uno de los datos más llamativos del fenómeno: el número de afectados. Si se habla de más de un millón, no debería hablarse, como se hace, de autismo: un número así corresponde a una epidemia. Se trata de una patología del vínculo, donde lo virtual sustituye a la incómoda presencia del otro. La comunicación contínua sustituye a la presencia. En un mundo tan cambiante como éste, la permanente vinculación al otro se vuelve costumbre: ¿no se han fijado no ya en el hecho de cuántos y cuántos sujetos van por la calle hablando por el móvil, sino cuántos y cuántos sujetos llevan el móvil en la mano, como esperando la llamada como signo de que el otro no se olvidó de él? El vínculo, el hipervínculo virtual y horizontal, ha hecho de una gran parte de la humanidad una red de puntos permanentemente conectados. Pero debajo de esa hipervinculación virtual, lo que existe es un sujeto incapaz de soportar en lo real el no del otro. Un no del otro que puede venir del otro sexo, porque llegados a este punto, una pregunta se vuelve necesaria: ¿de qué gozan estos sujetos? Sólo caben dos opciones: del goce del idiota, como decía Lacan refiriéndose a la masturbación, y del que obtienen jugando con sus «maquinitas». Conviene aclararlo, los hikikomori son mayoritariamente varones. El fenómeno hikikomori , al menos en la magnitud que adquiere en Japón, aún no ha llegado a nosotros. Pero algunas de sus manifestaciones se pueden observar en nuestra civilización. Cuando las barbas de tu vecino veas cortar...