CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |
06 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.SIGO el testigo de mi compañero Nacho Mirás Fole que les contó una historia ejemplar hace unos días en esta misma página. Un empresario gallego impactado con las patéticas historias de pateras se había traído a un matrimonio africano y a su hijo a vivir a Galicia. Los localizó en Ghana y, de golpe, los puso en la mesa del primer mundo, como en una lotería hermosa. A él lo empleó de electricista y, para ella, algo saldría. Hasta aquí la historia con casi final de aplauso. Pero, en los cuentos rosa, suele aparecer el gusano. El empresario se las prometía muy feliz. Hasta les encontró alquiler. Pero se topó con los dueños del inmueble. «Preguntaron -cuenta- cómo eran de negros, luego dijeron que se lo tenían que pensar y, al día siguiente, nos comunicaron que no los querían porque no cogían a gente de esa raza por miedo a la reacción de la comunidad. Eso sí tenían la casa llena de santos». Por el dinero no fue: el contrato lo pagaba él. «Les dijimos que no eran fieras, que eran personas. Pero no hubo manera», detalla. El hombre busca para los tres un piso como en los que viven los de color blanco. Hay gente que cree que los Reyes Magos sólo son dos y que Baltasar está para llevar el agua. cesar.casal@lavoz.es